Soli Deo Gloria (Solo a Dios la gloria). Ese fue el lema de Johann Sebastian Bach, con el que venía a decirnos que su obra estaba al servicio del Creador y no de su provecho personal. Mas ocurre que esta intención del genio de Eisenach no puede desligarse de lo mundano, en el sentido de la enorme aportación que su talento hizo a la historia de la música. Un Bach divinamente devoto conviviendo con el compositor que revolucionó artísticamente su tiempo y los tiempos venideros. Un Bach con el pensamiento en Dios que sitúa sus partituras en el infierno del gozo.
El sábado, en el concierto de Bach Collegium Barcelona en la Iglesia del Salvador de Santa Cilia, dentro del festival En el Camino de Santiago, tuvimos una muestra espléndida de ese descenso a los infiernos (y no solo por el calor reinante en el templo) con la interpretación de las Sonatas para violín y clave obligado, un conjunto de seis piezas (de la BWV 1014 a la BWV 1019) escritas durante el fructífero periodo que el compositor pasó en Cöten como maestro de capilla (Kapellmeister) del príncipe Leopoldo.
Esas sonatas, aunque pensadas para dos instrumentos, anticiparon las sonatas para trío que más tarde realizaron otros músicos (de hecho, Carl Philipp Emanuel Bach, hijo de Johann Sebastian, las llamó “los seis tríos para clave”): la parte del clavecín hace dos de las tres voces del trío, y el violín aporta la tercera voz. En definitiva, una espléndida exploración de las posibilidades musicales que ofrece una escritura musical para un conjunto pequeño, a través de las técnicas del contrapunto, la sonoridad, le atmósfera y la forma. Las primeras cinco sonatas siguen el modelo italiano de Arcangelo Corelli con cuatro movimientos : lento-rápido-lento-rápido. La sexta, sin embargo, va más allá, con cinco movimientos contrastantes: rápido-lento-rápido-lento-rápido.
Adriana Alcaide (violín barroco) y Ana Marija Krajnc (clavecín) las intérpretes del programa que nos ocupa, no abordaron el conjunto de las seis sonatas: abrieron con la BWV 1021, para violín y continuo, para ofrecer a continuación tres piezas de la serie: BWV 1017, 1018 y 1019, mi favorita. Adriana es una instrumentista vigorosa y vibrante que extrae todo el lirismo trágico de los movimientos lentos, y realza la vivacidad de los rápidos. En su diálogo con el clave de Ana Marija sale ganando: por un lado, su instrumento, de natural, suena más alto; por otro, al ataque de la clavecinista, menos experimentada aunque reconocida como artista emergente, le falta brío y tal vez seguridad, pues en la ejecución en solitario del tercer movimiento (allegro) de la sonata 1019 se mostró algo dubitativa.
Así las cosas, como además el violín manda estructuralmente en la conversación, hay que agarrarse a él y certificar su contribución al disfrute infernal de las sonatas, especialmente por su colorido, en los movimientos rápidos (ya he mencionado su maestría en los lentos): el sonido contemporáneo del allegro final de de la 1017; el rocanrol (con perdón) barroco en el allegro de la 1018, y el esplendor del cierre de la 1019, allegro en el que confluyen distintas citas de otras obras de Bach. Soli Deo Gloria, pero también Gloria etiam hominibus. Afortunadamente.
Suscríbete para seguir leyendo











