La reacción inmediata de Europa en el «asalto» de Ceuta por decenas de miles de marroquíes fue del estupor a la insolidaridad. En segunda instancia, los que habían suscrito la carta de los 22 socios de la UE instando a España a «proteger sus fronteras» o respaldado la expulsión de Schengen propuesta por Giorgia Meloni tuvieron que recoger hilo. Rectificaron, tal vez a regañadientes, para expresar el apoyo a España ante una situación en la que se mezclan los términos de crisis migratoria y de guerra híbrida.
No es la primera vez que Europa exhibe su desunión en materia migratoria. Ni tampoco es nuevo que cada país afectado haya movilizado recursos propios antes de contar con el apoyo de Bruselas. En el flanco este, los países con frontera con Rusia, Bielorrusia o con Ucrania han levantado desde vallas físicas a videovigilancia para defenderse de la guerra híbrida propulsada desde Moscú. Pero también países sin frontera exterior de la UE, como Alemania, buscaron sus propias recetas, mientras Bruselas seguía sin reaccionar o haciéndolo a veces tarde, a veces mal.
Merkel y la «cultura de la bienvenida» que dio alas a los ultras
En septiembre de 2015, con una cancillera Angela Merkel hasta entonces identificada con el dogma de la austeridad, Alemania viró hacia lo positivo en lo que se denominó la «cultura de a bienvenida». Mientras otros socios europeos cerraban sus fronteras a las columnas de refugiados, principalmente procedentes de Siria, Merkel las mantuvo abiertas y lanzó un mensaje de optimismo a sus compatriotas: «Wir schaffen das» («lo lograremos»). Buscaba transmitir confianza en la capacidad de la primera economía de la UE para acoger e integrar a esas personas. El año terminó con un récord absoluto de llegadas de refugiados. Fueron cerca de un millón, más del doble de los que recibió Alemania en la crisis migratoria de 1992 desde los Balcanes.
Un refugiado llegado en tren muestra una fotografía de Angela Merkel en la estación central de Múnich el 5 de septiembre de 2015. / SVEN HOPPE / EFE
Sobre Merkel se dispararon las presiones. Desde sus filas conservadoras la apremiaron a imponer un tope al asilo. Una formación por entonces extraparlamentaria, la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), aglutinó el voto de protesta y ascendió dos años después al Parlamento federal. Merkel resistió, pero en paralelo impulsó el acuerdo migratorio suscrito entre la UE y Turquía. Ankara se comprometió a acoger a esos refugiados en su territorio a cambio de 6.000 millones de euros. Se cerró la llamada Ruta de los Balcanes, empezaron a descender las llegadas de refugiados y se aceleró en Alemania la vía restrictiva ahora dominante en Europa. En 2025, la cifra de peticionarios de asilo fue de 165.000, la más baja en décadas. La AfD ha seguido escalando hasta situarse en el primer puesto en intención de voto.
Lituania y Polonia frente a la inmigración impulsada por Moscú
En 2021, un año antes de la invasión de Ucrania, Lituania y Polonia empezaron a detectar lo que luego se identificó con el término «guerra híbrida» migratoria. Es decir, inmigración irregular propulsada por Rusia y su aliada Bielorrusia con fines desestabilizadores. Se trasladaba hasta su frontera en autocares a grupos de refugiados y se les abandonaba a su suerte. Era inmigración mayoritariamente musulmana. El Gobierno de Varsovia, por entonces del ultranacionalista PiS, les cerró las puertas. El actual ejecutivo del liberal Donald Tusk mantiene esa línea restrictiva. Lituania, como Estonia o Letonia, la comparten.
Lituania empezó a blindar sus casi 80 kilómetros de frontera con Bielorrusia. Primero levantó vallas de seguridad; luego pasó a técnicas modernas de videovigilancia electrónica, cámaras térmicas y sensores de drones. Lo mismo hizo Polonia. El propio Tusk sacó pecho ante la crisis de Ceuta. Alardeó de los «miles de millones» empleados en reforzar la que, dice, es ahora la frontera exterior más segura de Europa, la de su país con Bielorrusia. Polonia ha invertido unos 2.200 millones de euros y restringido por ley el derecho de asilo.

Un guarda fronterizo de Lituania vigila la frontera con Bielorrusia, en una imagen de archivo. / DPA / EUROPA PRESS
El conjunto de los nueve miembros de la UE con frontera terrestre con Rusia o Bielorrusia –Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria- o con Ucrania cuentan con el apoyo de Bruselas para su defensa, sea ante guerras híbridas o como piezas clave del escudo aéreo europeo.
Finlandia, de la cooperación con Rusia al cerrojo
El Gobierno finlandés fue el primero en levantar la mano en apoyo de Meloni y su propuesta de excluir de España de Schengen. Lo expresó en términos drásticos su ministra de Interior, Mari Rantanen, del ultraderechista Partido de los Finlandeses, para quien lo de España y sus fronteras es «un escándalo«. Presumía además del control de su país sobre los 1.340 kilómetros compartidos con Rusia.
Helsinki y Moscú mimaron durante décadas sus provechosas relaciones bilaterales. Transitar para ir a la compra al país vecino era habitual. A raíz de la invasión de Ucrania, Finlandia ingresó por la vía rápida en la OTAN. Un año después, en 2023 optó por cerrar al tránsito de personas su frontera con el poderoso vecino. Había detectado la entrada de grupos de 25 o más hombres, principalmente procedentes de Oriente Próximo y acarreando una bicicleta, ya que Rusia no permitía el paso de transeúntes. Finlandia inició la construcción de 200 kilómetros de valla fronteriza de varios metros de altura. Instaló luego sistemas de detección y neutralización de drones, respaldado con fondos comunitarios. En 2024, la Comisión Europea concedió a Helsinki 50 millones de euros adicionales para estos conceptos. Seguían a los 83 millones de euros anteriormente asignados del llamado Instrumento de Apoyo a la Gestión de las Fronteras de la UE. A principios de este año, Finlandia solicitó otros 35 millones de euros para nuevos sistemas de detección amenazas híbridas. Helsinki aspira a cubrir con el apoyo de la UE un 90% de los costes del blindaje de su frontera.
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