Mientras el Gobierno habla de una «relativa normalidad», la realidad que se vive en las zonas rurales de Ceuta es muy diferente. El testimonio de sus vecinos dibuja un panorama de tensión y miedo que dista mucho de la versión oficial. Patricia, gerente de un establecimiento rural, califica la situación en el campo como «nefasta». «Llevo 3 días sin salir de mi casa«, confiesa, «me tienen que traer pañales para mi hijo porque no salgo». Su caso, asegura, no es aislado y refleja el sentir de muchos residentes.
Inseguridad en las zonas rurales
La presión migratoria parece haberse trasladado del casco urbano a los montes que rodean la ciudad. Según el relato de Patricia, los inmigrantes «se meten por todos los recovecos del campo» para no ser localizados. Esta situación ha generado un clima de inseguridad creciente. «Se intentan meter en los negocios que hay aquí en el campo pidiendo agua, pidiendo comida«, explica, y añade que si no se les da lo que piden, se ponen «agresivos».
El miedo es una constante en el día a día de estos vecinos. Los incidentes se suceden, como el intento de unos inmigrantes de meterse en el coche de un cliente a las puertas de su establecimiento. La sensación de vulnerabilidad es total, especialmente al caer la noche. «No se puede estar de noche«, lamenta Patricia, describiendo una atmósfera de constante zozobra.
Es un sinvivir»
Para Patricia, que vive con su hijo pequeño en mitad del campo, la situación es especialmente angustiosa. «Es un sinvivir«, afirma de manera rotunda. Las noches se han convertido en una vigilia constante. «Anoche, la noche sin dormir, el perro ladra, salgo fuera a ver porque se escuchan pisadas», relata. El silencio se rompe con el sonido de conversaciones cercanas, aumentando la sensación de indefensión.
La versión oficial, en entredicho
Esta realidad choca frontalmente con el mensaje de tranquilidad lanzado por el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, tras su visita a la ciudad autónoma. Patricia se muestra escéptica: «Él ha venido, se ha dado una pequeña vuelta, pero los que se han quedado, se han quedado bastantes». La percepción de los vecinos es que el problema, lejos de solucionarse, simplemente se ha desplazado.
Los migrantes que permanecieron en Ceuta regresan a Marruecos a través del paso fronterizo de Tarajal durante las primeras horas de la mañana.
El baile de cifras sobre el número de personas que han entrado y han sido retornadas a Marruecos solo añade más incertidumbre. Mientras Grande-Marlaska hablaba de una horquilla de entre 50.000 y 60.000 entradas, fuentes de las fuerzas de seguridad elevan la cifra de retornados a 70.000. Patricia, por su parte, asegura que las cifras que le han llegado hablan de hasta 80.000 entradas, lo que agrava la sensación de descontrol.
Hoy el monte está peor que ayer, mucho peor»
Lejos de mejorar, la situación en las áreas rurales parece agravarse. «Hoy el monte está peor que ayer, mucho peor«, advierte Patricia. La razón es que, a medida que se desaloja a los inmigrantes del casco urbano, estos «se vienen para esconderse al monte». Esta dinámica no solo perpetúa la inseguridad, sino que introduce nuevos riesgos, como el peligro de incendios por las «hoguerillas que hacen ellos».

Los migrantes cruzan al enclave español de Ceuta desde Marruecos mientras las autoridades se enfrentan a una creciente presión migratoria en la frontera.
A pesar de que agradece la presencia de los agentes alojados en su establecimiento, la sensación general es que la ciudad está «desbordada» y que «no hay suficientes agentes para nada«. El testimonio de Patricia es el de una población que se siente abandonada y cuya vivencia diaria de la crisis migratoria difiere radicalmente del discurso oficial de normalización.










