Origen: una negligencia en cadena
Todo empezó con la decisión de una comunidad de ganaderos de Burgohondo de abrir un camino en el monte, un trabajo encargado a una empresa y realizado en pleno verano, contraviniendo la prohibición expresa de la Junta de Castilla y León. Un operario, conocido como «El perejil», utilizó una máquina pesada de 8 toneladas para picar piedra, provocando una chispa que fue el origen del fuego.
Tras el inicio del fuego, la reacción fue intentar ocultar las pruebas en lugar de dar la alarma. Según Urreiztieta, el operario huyó con la máquina y mintió a los bomberos sobre la causa de la chispa. Esta demora, unida a la sensación inicial de que era un fuego menor, resultó en la pérdida de horas cruciales para la extinción.
Respuesta fallida y responsabilidades
La falta de medios aéreos efectivos durante los primeros días fue determinante. Urreiztieta relata que los helicópteros hicieron un vuelo de reconocimiento pero no descargaron agua, lo que permitió que las llamas se extendieran sin control, devastando parajes como el Valle de Iruelas, una importante reserva de buitre negro.
El comunicador apunta a responsabilidades compartidas: desde los ganaderos y el operario hasta el Ayuntamiento de Burgondo por su «pasividad». El alcalde alega que «no se le pidió jamás ninguna autorización, y que se ha enterado por los medios», mientras que el operario se excusa afirmando que él «simplemente cumplía órdenes de la empresa de reforestación para la que trabajaba, y que en ningún momento se preocupó de si hacía falta autorización o no».

Un hombre observa uno de los pinares arrasados por el incendio de Burgohondo (Ávila) en el Parque Natural del Valle de Iruelas











