¿Y ahora qué?
El Mundial 2026 ha acabado y te arrastras como el alma en pena de Fiz de Cotovelo por la fraga de Cecebre. Después de casi cuarenta días viendo fútbol, volver a la cruda realidad se antoja un esfuerzo imposible a la par que inhumano.
Al principio, lo sé, regateas a Leo Messi o a Cristiano Ronaldo hasta toparte con la mirada dura de la cajera. «¿Ya has dejado de hacer el idiota con el coco?», pregunta.
Cantas gol en medio del cine, justo después de reparar en que el extintor del pasillo es rojo.
Por poco desayunas cerveza; menos mal que, en el último instante, la familia te ha disuadido con su amenaza sutil de apuntarte a Kung Fu para que hagas la forma del borracho.
Echas de menos el buen rollo con tu hijo, a quien has llevado al lado oscuro para que vea el Mundial contigo. Durante la Final, harto de la pasividad del árbitro, el joven expresó en voz alta lo que pensaba todo un país: que no solo un jugador, sino el equipo argentino entero debería haber recibido la roja por incomparecencia y por marrullero.
Afortunadamente, nos hemos traído la Copa a casa. Ha triunfado el fútbol, la humildad, el tesón, el compañerismo y el castellano.
Empiezas a levantar cabeza. La vida te envuelve en su torbellino de claroscuros. Queda poca gente vestida con la camiseta de la selección, pero aún sonríes al recordar que Donald Trump, el caradura por excelencia, no salió en la foto. Gracias, Infantino.
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