Las autoridades suspiraban por desacreditar la histórica manifestación contra la saturación turística con un final violento. Sin embargo, los manifestantes capearon los deseos del Govern y pecaron de exceso de pacifismo durante la marcha. Ni una terraza levantada, ni una pintada a inmobiliarias y, por decir, ni un insulto grave a los turistas. Demasiada calma, que fue reventada cuando la Policía Nacional entró en acción en una actuación que ya entra en la historia negra de Mallorca.
Todo empezó en ses Voltes, cuando, ante un recinto medio vacío, la Policía Nacional decidió cerrar los accesos, impidiendo que decenas de miles de personas entraran. Una extraña decisión que calentó en exceso a unos manifestantes muy tranquilos hasta ese momento. La Policía consiguió evitar la foto con el lleno absoluto, que hubiera ridiculizado los intentos de la Administración para boicotear la manifestación, pero no evitó otras fotos mucho más vergonzosas.
Violencia policial
Luego todo se fue de control y la violencia que se había buscado durante semanas, criminalizando e insinuando terrorismo entre los seguidores del antiturismo, fue encontrada por la Policía. Los titulares para su medios afines ya los tienen.
Y al final, los únicos que agredieron a los turistas fueron los policías. Ante su afán violento, llegaron a lanzar pelotas de goma a extranjeros que paseaban por el Born. El Govern puede estar tranquilo: pocos fueron heridos, la mayoría fueron mallorquines, minucias.
Pero antes de eso, hubo una marcha completamente pacífica. Decenas de miles de «criminales», entre ellos peligrosos niños, adolescentes y ancianos, recorrieron Palma en una de esas manifestaciones que pueden cambiar el rumbo de la historia. Las nubes incluso aportaron a los manifestantes, refrescando el tiempo y aguantando una lluvia que por momentos pareció que iba a emborronar la protesta.
Ya desde el inicio se vio a la Policía Nacional intranquila, nerviosa, corriendo de un lado para otro entre los miles de manifestantes en la Plaza de España, buscando sangre. Tanto era su afán que registró a varios tractores que acudieron en apoyo a la protesta. Al no encontrar nada más que melones, los dejaron partir ante el jolgorio de los presentes.
Mallorca está harta
Los autobuses de la EMT también apoyaron la manifestación haciendo sonar el claxon, al igual que varios coches. Madò Farta, que ya es un símbolo, hizo acto de presencia y dignificó lo que muchos sienten: Mallorca está harta. Harta del precio de la vivienda, harta de la saturación turística y harta de ver partir a sus jóvenes.
«Si la Policía dice que somos 25.000…». «Eso significa que somos el doble», aseguraban unos manifestantes. Los organizadores incluso fueron más allá con el optimismo y tiraron la casa por la ventana con los 70.000. Lo único seguro es que la protesta superó a las dos anteriores.
Si uno recorría la marcha de ida y vuelta veía cómo salía más y más gente de Plaza España. Siempre entre ellas, caras conocidas, algunas con ideologías muy dispares entre sí. Una imagen que simbolizaba una protesta que en los últimos años une a mallorquines de bolsillos profundos con quienes no pueden llegar a fin de mes.
Uno de los momentos más emotivos de la manifestación llegó al inicio del manifiesto. En la cabecera de la protesta se encontraban las activistas antiturismo que fueron esposadas por la Guardia Civil después de vandalizar cinco inmobiliarias.
La emoción de las jóvenes se desbordó cuando se las mencionó y se empezó a gritar «son activistas, no terroristas», lo que las llevó al borde del llanto. La Guardia Civil ha creado un mártir incontrolable que ha dado alas a unas protestas que podían dar síntomas de agotamiento.
Luego vino ses Voltes, las cargas, los porrazos y la sangre. «Vergüenza» fue el grito unánime de miles de personas. Cabe preguntarse si alguno de los agentes que agredió a los mallorquines, que también protestan para que ellos tengan un hogar, sintió esa palabra. Vergonya, cavallers, vergonya.
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