La nueva escuelina de El Llano, una de las infraestructuras más esperadas por las familias del barrio, ya encara la recta final de las obras. Diecinueve meses después de que el Ayuntamiento colocara la primera piedra, en diciembre de 2024, el edificio está prácticamente terminado y solo restan pequeños remates interiores antes de su entrega. Con una inversión de 4,3 millones de euros y capacidad para 78 niños de entre 0 y 3 años, el equipamiento no solo ampliará la oferta pública de educación infantil en Gijón, sino que lo hará con una arquitectura poco convencional, alejada de la imagen tradicional de una guardería.
Quienes pasan estos días por la avenida de El Llano ya distinguen una sucesión de grandes volúmenes cilíndricos que despiertan la curiosidad de los vecinos. No son las aulas, sino los espacios comunes del edificio, una de las señas de identidad de un proyecto que busca que la arquitectura también forme parte de la experiencia educativa.
Del color al tacto
El arquitecto responsable del proyecto, Jeremías Sampedro, explica que la idea nació precisamente de romper con el recurso habitual de asociar la infancia a los colores llamativos. “En lugar de apostar por el color, decidimos centrarnos en el tacto. El revestimiento exterior tiene una textura muy suave y muy atractiva para que los niños quieran tocarlo”, señala.
Los cilindros revestidos con lamas ranuradas. / Pablo Solares
Los característicos cilindros que ya sobresalen sobre la obra permanecerán visibles una vez finalice la construcción. Estarán revestidos con lamas curvas de un material denominado Solidsurface, que les dará un aspecto orgánico, “como una especie de cactus”, describe el arquitecto.
Esa fachada, formada por cilindros revestidos con lamas ranuradas, no responde solo a una cuestión estética. Según explica Sampedro, actúa como una pantalla acústica frente al intenso tráfico de la avenida de El Llano, de manera que protege las aulas del ruido exterior. Una solución especialmente relevante después de que un informe municipal alertara de que el entorno del colegio de El Llano supera los niveles de ruido diurno recomendados, situando la contaminación acústica como uno de los principales problemas ambientales en los centros educativos de la ciudad.
Sin embargo, las aulas no ocuparán esos volúmenes circulares. Se sitúan en la parte posterior del complejo, con una distribución más convencional y orientadas hacia el interior de la parcela, lejos del intenso tráfico de la avenida.
Una barrera contra el ruido
La ubicación del edificio condicionó buena parte del diseño. La avenida de El Llano soporta un importante volumen de tráfico diario y el equipo proyectista quiso que ese ruido no llegara a las aulas.
Los cilindros ranurados absorben parte del sonido, igual que los paneles que se instalan junto a algunas autopistas. Tras ellos se sitúan los espacios de uso común —como el comedor, el cuarto de carritos o la sala de profesores— mientras que las aulas quedan protegidas hacia el interior y ligeramente semienterradas respecto al parque de Los Pericones.

La zona de patio y la cubierta vegetal de la escuela. / Pablo Solares
“La idea era aislar acústicamente las aulas para que los niños desarrollen su actividad en un ambiente tranquilo”, resume Sampedro. La cubierta vegetal también busca fundirse visualmente con el entorno, prolongando el manto verde del parque y reduciendo el impacto visual del edificio.
Aunque el exterior es llamativo, el arquitecto insiste en que el verdadero esfuerzo del proyecto está en la funcionalidad. Los baños serán compartidos entre dos aulas para facilitar la supervisión continua del profesorado, que podrá mantener el control visual de ambos espacios. Además, el patio cuenta con pavimento continuo de caucho para amortiguar posibles caídas durante el juego. “En este tipo de edificios prima la utilidad sobre la originalidad. Hay espacios donde la creatividad tiene más margen, pero en las aulas lo importante es que funcionen bien para el día a día”, explica.
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