El periplo de Andy Burnham al número 10 de Downing Street culmina este lunes con su entrada triunfante, tras unas primarias sin rival, convocadas expresamente para llevar al durante nueve años alcalde de Mánchester a la residencia oficial. El proyecto político del séptimo primer ministro británico en diez años es una incógnita, pero su arrolladora victoria en las elecciones parciales que hace un mes lo devolvieron al Parlamento ha convencido al laborismo de que Burnham es la gran esperanza para proteger la mayoría absoluta que en 2024 llevó al partido al poder, tras 14 años en la oposición.
En su regreso a la política nacional, Burnham no ha necesitado persuadir a la militancia, ni al electorado. Tampoco es un desconocido, ya que había ocupado puestos ministeriales bajo Tony Blair y Gordon Brown y aspirado al liderazgo laborista, sin éxito, en 2010 y en 2015. Esta vez, el puesto parecía suyo desde que quedó claro que Keir Starmer era cadáver político, un óbito certificado tras la debacle electoral en los comicios de mayo.
Su prioridad ha sido, por tanto, evitar dar pasos en falso, proteger la imagen de cercanía sobre la que quiere asentar su manera de hacer política y mantener sus cartas pegadas al pecho. El viernes, tras asumir formalmente el liderazgo laborista, dijo tener un plan, pero se ha cuidado de revelarlo. Su equipo tan solo ha dado pistas, como el fin del veto a nuevas licencias de explotación de hidrocarburos; el abandono de los controvertidos documentos de identidad digitales o mano dura con empresas con una cuestionable gestión de recursos públicos, como Thames Water, la mayor compañía británica de agua.
El puzle de los ministros y los perfiles
El 59º primer ministro británico tiene que aprovechar el viento a favor de este arranque de mandato para las apuestas comprometidas. Este domingo dedicó parte de la jornada a la tarea más infausta de todo nuevo mandatario: informar a los ministros que van a ser reemplazados de su inminente despido. El departamento de Finanzas es la cartera más delicada, dado el mensaje que su elección manda sobre su proyecto y prioridades. Durante semanas, el exlíder laborista y actual titular de Medio Ambiente, Ed Miliband, parecía el mejor posicionado, pero su perfil, más a la izquierda y contrario a la explotación petrolífera, inquietaba a los mercados, lo que beneficiaría a la vigente responsable de Interior, Shabana Mahmood, consideraba más centrista.
Difícilmente Burnham disfrutará de una posición tan privilegiada como la actual. Nuevo en el poder, sin haber tenido que posicionarse más allá de obvios buenos deseos para el país y sin haber decepcionado todavía a ninguna de las familias que cohabitan en la gran coalición que es el laborismo, su hoja está en blanco. Tras el período de gracia durante el verano, la luna de miel llegará previsiblemente a su fin tan pronto como Burnham tenga que tomar decisiones.
En sus contados discursos públicos, la constante ha sido la necesidad de cambio estructural, ante el fracaso del modelo liberal en los últimos 40 años, y su deseo de descentralizar la acción de gobierno. En su única intervención como líder advirtió de que esta es la última oportunidad, si bien si algo ha demostrado la puerta giratoria en la que se ha convertido el Número 10 es que diagnosticar un problema no significa necesariamente identificar el tratamiento.
Menos agenda internacional
Downing Street es la dirección más codiciada de la política británica, pero en las últimas décadas ha tornado en residencia maldita, de la que sus inquilinos salen por la fuerza, y no por decisión de las urnas. Burnham nunca ha ocultado que era su meta final y, aunque no ordinaria, no hay nada anticonstitucional en la vía elegida, ni siquiera pese a que, en las últimas generales, Burnham no había aspirado a escaño y su regreso a la política estatal parecía política ficción. A su favor tiene un estilo informal, afable y cercano, el polo opuesto al agarrotamiento de Starmer, pero la ausencia de debate incomoda incluso en sus propias filas.
Este viernes, Burnham desplegó capacidad oratoria y su evidente habilidad de generar ilusión, pero pronto la política real llamará a su puerta. El nuevo ‘premier’ ha dejado entrever que no otorgará a la agenda internacional el mismo peso que Starmer (quien llegó a ser apodado ‘Never here Keir‘ -‘Nunca en casa Keir’-), pero la relación con Estados Unidos, o con la Unión Europea, ocuparán un notable espacio en su mesa de trabajo.
En el ámbito doméstico, ha avanzado que su prioridad será mejorar la calidad de vida de los británicos, aliviando un coste en alza permanente, pero también tendrá que dar respuesta a desafíos como la monumental factura del Estado del bienestar, equivalente a casi 70.000 millones de euros anuales; el gasto en defensa, que tendrá necesariamente que aumentar para llegar al objetivo del 3% del PIB; o el problema estructural de la falta de vivienda. El próximo primer ministro ha demostrado tener una férrea vocación de regenerar el país, pero desde este lunes deberá demostrar que posee también el plan para hacerlo.
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