Este mes se cumplen 217 años desde que un heroico cuerpo de voluntarios grancanarios zarpó hacia la Península para tomar parte en la Guerra de la Independencia española. A partir de aquel simbólico 1809 empezaría a fraguarse la leyenda de que el Batallón de Granaderos de Leales Canarios estaba protegido por la Virgen del Pino, una devoción que los acompañó en situaciones complejas frente al ejército comandado por Napoleón Bonaparte.
Esta contienda, también conocida por la historiografía catalana como la Guerra del Francés, supuso un momento trascendental en la historia de España. Un conflicto armado que se inició de manera oficial el 2 de mayo de 1808, cuando el pueblo de Madrid se levantó en armas contra las tropas napoleónicas.
Sin embargo, este choque entre los estados vecinos se venía fraguando por varios motivos. En primer lugar, por la crisis institucional que estaba viviendo España, marcada por una grave disputa entre Carlos IV, su hijo Fernando VII y la figura de Manuel Godoy, en la cual Napoleón acabaría ejerciendo como árbitro.
Por otro lado, influyó el proyecto imperial de este último, que vio una excelente oportunidad en el Tratado de Fontainebleau; este acuerdo legitimaba el tránsito de las tropas francesas por la Península Ibérica y obligaba a España a mantenerlas. Tras la incapacidad de abastecer al ejército napoleónico, comenzaron los saqueos y episodios de violencia que acabarían desencadenando una invasión.
Poco después del estallido de la contienda, las noticias llegaron a Canarias. Tal y como indican Melquiades Benito Sánchez y Juan José Laforet Hernández en su obra La granadera canaria. Unidades canarias en la Guerra de la Independencia, «un grupo de oficiales y algunos paisanos expusieron a la Junta de Sevilla, su deseo de ir a pelear en defensa de la patria». Sin embargo, esta valiente iniciativa fue considerada innecesaria por parte de las autoridades peninsulares.
Poco tiempo pasaría hasta que, en septiembre de 1808, la Junta Suprema de Sevilla solicitara la organización de un cuerpo canario que, si surgía la necesidad, estuviese preparado para luchar en territorio peninsular con el fin de restablecer a Fernando VII en un trono que había sido usurpado por José Bonaparte, hermano del emperador francés. Dos meses más tarde, un contingente de más de mil soldados, compuesto por el Batallón de Infantería Ligera, la Brigada Veterana de Artillería y partidas de recluta de los regimientos de La Habana y de Cuba, fue enviado desde Canarias para unirse a la contienda.
Esta expedición zarpó de Santa Cruz de Tenerife el 29 de marzo de 1809 y sus integrantes no tardarían en demostrar sus capacidades, participando activamente en distintos episodios de la guerra. Sin embargo, hoy queremos centrarnos en un cuerpo de voluntarios que se fue organizando a principios de ese mismo año: el Batallón de Granaderos de Leales Canarios.
El llamamiento logró reunir a 600 voluntarios y se financió gracias a la venta de terrenos comunales en el antiguo municipio de San Lorenzo y a los donativos realizados por particulares. A partir de ese momento comenzaron los preparativos de la expedición. Esto supuso un auténtico desafío debido a la escasez de armas que había en la Isla.
Superada esta situación y confiando en poder armarse adecuadamente tras llegar a la Península, el 3 de abril de 1809, el batallón fue vitoreado por la población grancanaria en la Plaza de Santa Ana y, dos días más tarde, se embarcó en el Puerto de las Isletas. Ponían rumbo hacia Cádiz en una flota compuesta por una polacra, algunos barcos de cabotaje y una vieja goleta inglesa.
Tras superar el viaje por mar, que estuvo plagado de contratiempos, los voluntarios grancanarios permanecieron en Cádiz hasta agosto de 1809, un periodo de espera en el cual recibieron instrucción y fueron armados y uniformados propiamente. Finalizando el último mes estival, la unidad puso rumbo a Sevilla para integrarse en el ejército de Extremadura, bajo el mando del duque de Alburquerque.
La amenaza por parte de las tropas napoleónicas de tomar Cádiz hizo que la estancia en tierras extremeñas fuera breve, por lo que marcharon duramente para llegar antes que los franceses y salvar la ciudad de caer en manos del emperador, en una gesta heroica.
Su leyenda se fraguaría defendiendo las fortificaciones gaditanas en conjunto con el Real Cuerpo de Artillería. En marzo de 1811 tomaron parte en la batalla de Chiclana, cuyo propósito de romper el Sitio de Cádiz no fue finalmente cumplido por una serie de decisiones erróneas, a pesar de haberse lograda una clara victoria frente al ejército francés.
Recordamos especialmente la curiosa hazaña en la cual, ante la necesidad de voluntarios para construir una batería defensiva en el caño de Sancti Petri, un punto muy expuesto al fuego enemigo, los granaderos trabajaron duramente en medio de la metralla bajo el grito de «¡Viva la Virgen del Pino!». Dicho valor fue recompensado con la Cruz de Chiclana y la fortificación fue bautizada como Batería de la Granadera Canaria, dando así nombre al heroico cuerpo de voluntarios, que siempre sería acompañado por el mito de la protección de su patrona.
Los supervivientes fueron regresando de manera escalonada al Archipiélago, pues varias compañías siguieron combatiendo a lo largo del territorio peninsular. Curiosamente, en su retorno, varios navíos condujeron a cientos de prisioneros franceses que, aunque en un principio iban a estar confinados, terminarían integrándose y formando parte de la sociedad grancanaria. Mediante una Real Orden emitida el 22 de agosto de 1812, se decretó la disolución de esta heroica unidad. Sin embargo, nosotros nunca olvidaremos la gesta llevada a cabo por la Granadera Canaria.
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