Ya dice mucho que, colándose en eventos top del PP o de la Casa Real o de alto copete no diera el cante. Ni pasara inadvertido o desapercibido. Pasaba como uno más. Un simpático farsante, un impostor, un cara. Un fenotipo muy español con aspecto de niño poco espabilao que acaba de merendar. Se le han estilizado un tanto los mofletes de adolescente acapulladín y corre el indicio cierto de que podría haber madurado. Merecería su trayectoria vital toda una película con Di Caprio de protagonista, tal vez incluso con escenas como la de los lanzamientos de enanos en El lobo de Wall Street (2013).
El Pequeño Nicolás ha sido exonerado de la cárcel. No irá a la sombra. Acumulaba doce años de pena pero los jueces entienden que al no haber delinquido durante el tiempo que ha transcurrido desde la comisión de los delitos, podría estar rehabilitado, resocializándose. Se le condena a una multa de seis euros diarios una temporada y a no delinquir durante los próximos cuatro años. Un personaje como Nicolás ha de estar en la calle zascandileando y no entre rejas cavilando sobre si habrá macarrones o lasaña de almuerzo. Y en chándal.
El Pequeño Nicolás, nacido en Móstoles como Francisco Nicolás Gómez Iglesias el 18 de abril de 1994 se crio en el barrio de Prosperidad. Todo un designio y un destino y un objetivo: la prosperidad. Sus andanzas comenzaron falsificando documentos para que otro, el hijo de un embajador, se presentara por él a la Selectividad. Luego comenzó estudios, cómo no, en un centro pijo privado que da títulos de financiero. No acabó.
En octubre de 2014, fue detenido. Su doctorado como presunto delincuente. Se descubrió que falsificaba documentos, alquilaba coches con chófer para hacerlos pasar por oficiales y utilizaba informes y acreditaciones falsas para hacerse pasar por un alto cargo del Estado o mediador internacional. Mediador internacional, sí. Ha leído bien: el Pequeño Nicolás mediador internacional. A este le dejas el conflicto de Irán y acaban los ayatolas en la Mansión Playboy firmando la paz en la espalda de Trump, en bañador.
A lo largo de los años, ha enfrentado múltiples procesos legales por delitos que incluyen revelación de secretos, cohecho, malversación y tráfico de influencias. Hay que ver la pinta de chiquilicuatres que tienen la mayoría de los que trafican con influencias en este país. Tras todo eso pudo haber sido estrella televisiva, programas basura no faltan, ni ávidos reporteros locos por entrevistar a semejante personaje. Pero hizo algunas apariciones y no debió cuajar mucho. Un hombre con el cuajo como para tratar al Rey de tú a tú en un ágape sin que le tiemblen las piernas ni la voz.
Pero no solo la televisión. La psiquiatría también lo ha intentado con él. Se ha hablado de megalomanía, narcisismo o trastorno de la personalidad. En otra realidad paralela y otro país éste llega a presidente del Gobierno o lo menos a ministro. Y entonces, en vez de narcisismo o megalomanía hablaríamos de liderazgo, altura de miras, hombre de Estado.
Con motivo del décimo aniversario de su detención primera, Nicolás promete en su Instagram contar «todo» e informa de que mandará por mail (acaba de nacer la NicolasLetter) «cosas que no se saben». Lo que no se sabe es si sus cameos en Torrente con Santiago Segura tendrán continuidad. Alguien ha escrito que es como un personaje de otra época, siendo sin embargo el emblema también de esta. Es hora de que lo llamemos el Gran Nicolás, su mote lo empequeñece por mor de la cicatería de quienes le envidian que a sí mismos se consideran grandes. Nicolás es Forrest Gump por otros medios, un experejil de casi todas las salsas, alguien inteligentísimo que se dio cuenta de que era fácil ganarse a Aznar: bastaba con poner cara de interés cuando éste le hablaba.
Se repara a veces en la labia que tendrán este tipo de personajes, cuando en realidad a veces lo que te abre puertas es no hablar, escuchar. Claro que Nicolás el Grande lo que ha escuchado toda su vida es su propia vanidad. Su osadía. Nuestro personaje nos retrata bien: somos incapaces de prosperar, de desenvolvernos con soltura en ambientes de pitiminí poblados de fantoches. Es nuestro espejo al revés: ahí está, con notoriedad y sin dar ni golpe, dándonos trabajera. Eso sí, nuestra libertad, únicamente sujeta al corsé del horario laboral, no es condicionada.









