El otro día sentí vergüenza ante el televisor. Lo que provocó tal sensación fue el distinto valor que le merecía a los presentadores progres la condición de agresor o víctima. La izquierda, y ha hecho de ello una bandera, tiende a disculpar al agresor, cuando no justifica sus acciones por una serie de factores que, para cualquier mortal que vea la situación con objetividad, son irrelevantes ante la presencia de una víctima igualmente objetiva. La derecha, por el contrario, busca restituir el daño causado y piensa en el dolor producido por encima de las razones ambientales que pudieran aducirse en un momento determinado. Sin embargo, lo de aquel día no sólo me resultó repugnante, sino rayano en la indignación.
Lo de menos es el nombre del programa porque todo se convierte en anécdota cuando se antepone la disculpa del agresor frente al mal ocasionado. Se comentaba una noticia, acompañada de un vídeo que no admitía dudas a la interpretación, en la que una anciana recibía un fuerte puñetazo en la cara sin mediar palabra al entrar en un bar de la localidad de Rentería. Pronto se escuchó, entre presentadores y tertulianos, un rosario de posibles explicaciones del hecho, aunque el tono justificativo destacaba sobre el resto, sobresaliendo la condición de enfermo mental del sujeto protagonista de la salvaje agresión, si bien en ningún momento se contrastó o acreditó la perturbación de marras. La anciana parecía que estorbaba al argumento principal de los allí reunidos, y tanto que ni siquiera recibió el más mínimo interés por su estado o los daños que le hubiera ocasionado el tipejo.
Posteriormente, queriendo completar el bloque informativo, se ofrecía un segundo vídeo con una nueva agresión localizada en una iglesia de Francia. En este caso, una viejita, con serios problemas de movilidad y ayudada por un bastón, era asaltada por un joven fornido con ánimo de sustraerle las pertenencias, llegando a practicar un mataleón a la pobre mujer, rodeándola con sus brazos y presionando fuertemente sobre el cuello. Una escena que, desde luego, ponía los pelos de punta a cualquiera… salvo a los progres de turno. Volvió a repetirse el argumento, sustituyendo la posible enfermedad mental por las condiciones sociales del agresor, aunque, en esta ocasión, se puso cierto énfasis en la vulnerabilidad de la víctima. ¡Gracias a Dios!
No concibo la pretendida identidad de valor entre el agresor y la víctima. Es más, me repugna que, entre los medios progresistas escritos o hablados, se defienda que el individuo que provoca el mal es una víctima más. Ha pasado mucho tiempo desde la idea original de Sócrates, aquella que postulaba que el malo, en realidad, era un ignorante que merecía la piedad y comprensión del juicio moral, pero, aunque se cuenten por decenas los siglos transcurridos, lo que no se debe ignorar es el sufrimiento objetivo de las personas agredidas, articulando argumentos que devalúan su misma condición o incluso la culpabilizan de lo ocurrido.
Es una ingenuidad pensar que todos los hombres son buenos por el hecho de serlo. De igual manera es una ingenuidad defender que el malvado no sabe lo que hace so pena de invalidar el reproche ético, por no decir el penal. Y es una perversión ideológica sostener que el malvado es una víctima más de la realidad que él mismo ha generado. Lo que procede es situarlo ante el mundo, apartarlo de la víctima y reprender su conducta ante los demás, que no significa en absoluto desposeerlo de sus derechos. Llevamos décadas de desorientación sobre el importante papel que juegan las reglas en la convivencia hasta el extremo de olvidar que somos personas, como dirían Santo Tomás de Aquino o el mismísimo Kant, que necesitan de unos códigos de comportamiento -si quieren llamarlos deberes no pongo objeción- para estar los unos junto a los otros y reducir a la mínima expresión los conflictos sociales. Incluso, el autor de la Fundamentación para una metafísica de las costumbres (1785) es para una gran parte de la izquierda teórica una manifestación del diablo en la tierra por su concepción diamantina del deber y considerar al hombre como “un fin en sí mismo”.
En resumida cuenta, la ética para los progres, y a las pruebas me remito, es algo que sobra, un aditamento asimilable al meme de los descerebrados de Internet. En términos más intelectuales, conforme al magisterio del desaparecido Roger Scruton, “el meme es una entidad cultural autorreplicante” (Sobre la naturaleza humana, 2017) con independencia del contenido que transmite, que casi es lo de menos. Desde esta óptica, cualquier moral es válida, sin importar el bien o el mal, el ser agresor o padecer la agresión. No existe ni el bueno ni, por supuesto, el malo. Relativismo buenista al más viejo estilo. Y el buenismo, y ya es hora de alzar la voz al respecto, puede llegar a matar cuando ciega el juicio y perturba el orden natural de las cosas.














