Las personas que alcanzan la cumbre del poder y la autoridad desarrollan en torno a ellas una caterva de aduladores, pelotas y amistades serviles, como también, aunque a distancia menos cercana, no pocos cenizos y agoreros. Siempre ha sido así e igualmente podemos suponerlo en cualquier lugar y en cualquier tiempo, presente o futuro, tanto por parte de quien mira de arriba hacia abajo, como de abajo hacia arriba.
Que la autoridad necesita de quien la sostenga, aconseje y fortalezca en sus dudas y vacilaciones, es perfectamente entendible, y también que la acompañe en su soledad, porque la soledad en el poder duele mucho y más cuando percibe que navega por un mar turbado con viento fiero airado, como diría Fray Luis de León, y sufriendo en el alma el frío exterior. Igualmente me parece lo más normal del mundo que todo ser humano busque dónde apoyarse, hacia dónde mirar en sus tribulaciones y cómo superar algún peldaño en el incierto ascenso al risco de su vida. Pero en este panorama podemos encontrar tal cantidad de variantes, que bien permiten un cierto análisis basándonos en las lecciones que ofrece el pasado.
Conocemos múltiples y aleccionadores ejemplos. Druidas, oráculos, videntes, augures, profetas; unos leían las estrellas, otros interpretaban los sueños, algunos leían el futuro en las entrañas de un ave. Sabemos que sacerdotes etruscos y romanos examinaban órganos como el hígado, el corazón y los pulmones de animales sacrificados para descifrar presagios divinos. Tampoco faltaban personajes que iban por libre, y el precio de esa libertad con frecuencia habrían de pagarlo muy caro. Pero siempre había una pléyade de ellos que consagraban su vida al servicio de los grandes, buscando cobijo en la buena sombra de algún buen árbol y, oh misterio, casi todas las interpretaciones venían a adular al de arriba o a mitigarle sus preocupaciones y sus penas.
La historia bíblica de los profetas resulta aleccionadora. En ella se nos habla de tres tipos de profetas: por una parte, estaban aquellos que habían aprendido las técnicas de interpretación y así alcanzaban el reconocimiento profesional; por otro lado, quienes habían heredado de sus padres dichas dotes proféticas o cualidades interpretativas, y también eran reconocidos; y, por último, los que habían sido objeto de una designación divina como portadores de alguna revelación que, generalmente, tenía poco de halagüeña, por lo que generaban no pocas precauciones, recelos y rechazos. Luego estaban quienes se ponían el mundo por montera y se jugaban la vida siendo fieles a la misión recibida y de la que se sentían servidores, quienes echaban a correr en dirección contraria porque no querían meterse en líos, y quienes claudicaban y preferían venderse y asegurarse el mejor vivir al lado de los poderosos. Ejemplos hay muchos: Jeremías y Eliseo lo pasaron muy mal por ser honestos; Jonás y Balán tuvieron que dar marcha atrás en su huida cobarde; los cuatrocientos falsos profetas acomodados con el rey Acab lo tuvieron más fácil.
No hace falta ser muy perspicaz para adivinar cómo se encarnan hoy los personajes del pasado; que cada cual elija su modelo y sabrá cómo reconocerlos y ubicarlos. Escritores, comentaristas, adeptos, asesores, correligionarios, simpatizantes, ciudadanos en general. La cuestión no reside en analizar la legitimidad o profesionalidad en el ejercicio de su trabajo, sino más bien al servicio de quién o de qué lo ofrecemos, y al precio por el que nos comprometemos.
Reconocimiento y respeto para cuantos continúan jugándose el tipo por priorizar la honestidad y el compromiso en el ejercicio de su profesión. Inquietud por quienes se empeñan en ser la voz de su amo sin evidenciar por ello el más mínimo pudor, salvo que sus dudas las lleven celosamente protegidas. Dolor e indignación por aquellos que son capaces de vender su alma al diablo a cambio de alguna apetencia más o menos confesable y que, según Goethe, también los hay.
¿Situaciones inevitables propias de la condición humana? No dudo que abunde la gente honesta, con frecuencia la parte más anónima, y que esa honestidad no tiene bando ni color. Confío en que siempre sea posible disponer de un margen suficiente de maniobra que permita reconducir compromisos y servidumbres en la mejor dirección, por el propio bien y por el de todos.












