Revolución

Hubo un tiempo en que lo revolucionario se asociaba al clamor, al tumulto, a una cierta expresión del desgarro, a las boutades, a un deseo de conquista de lo incierto, de lo no conocido, de un tiempo inédito. Sin embargo, el bullicio constante que todo lo inunda, la adopción de poses y posturas rupturistas poco creíbles y la falta de coherencia entre lo que se predica y lo que se actúa han cambiado el cariz auténtico de lo revolucionario. Ahora, lo verdaderamente revolucionario tiene más que ver con la quietud, con el sosiego, con la templanza, con el retorno de las buenas costumbres, con la conservación de todo aquello valioso que nos legaron las generaciones anteriores, con la manufactura y lo analógico, con la paciencia, con la baja intensidad, el ritmo pausado, la palabra susurrada y la levedad en el gesto. Aunque algunos no quieran que lo veamos, hay algo de revolucionario en todo esto, especialmente en este tiempo de prisas y griterío, de ademanes algo violentos y acritud y aspereza constantes, de scroll en las pantallas y chutes de dopamina, de anteojeras y espejismos. Y lo hay no solo en el terreno en que se libra la batalla política o las polémicas mediáticas en que se enfrascan, a diario, opinadores, comunicadores, tertulianos y periodistas.

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