No, no estamos en California. Ni siquiera viene de una cita bíblica aunque la vista desde nuestro restaurante de hoy es casi celestial, en el alto, sobre el club Naútico de la Dehesa de Campoamor, casi colgado o suspendido y con la única visión de los barcos que hay debajo y el mar de fondo en una vista de 180º. La estancia en la terraza de este local se hace digna de ser uno de los mejores miradores gastronómicos del mediterráneo. Siempre me han llamado la atención los movimientos de la población según su lugar de origen a la hora de elegir destinos gastronómicos. En el caso de los alicantinos, existe una marcada tendencia a desplazarse hacia el norte del litoral: El Campello, La Vila Joiosa, Benidorm, Altea o Calpe concentran buena parte de sus salidas para comer o cenar. Durante los meses de invierno, esos desplazamientos suelen orientarse más hacia las comarcas de montaña o, como mucho, hacia el Medio Vinalopó.
Pero raramente van a ir a Elche, como mucho Santa Pola. Guardamar les queda lejos, Torrevieja lejísimos y Campoamor en las antípodas pese a que no está más lejos que Calpe. Así que es hora de romper ciertos hábitos, que no sé si son manías o simplemente inercias, y viajar al sur a descubrir sus muchos espacios interesantes. La cocina de este restaurante se mueve constantemente influenciada entre Alicante y Murcia, y esa mezcla es precisamente uno de sus mayores atractivos. Los arroces recogen lo mejor de ambos lados de la frontera gastronómica. Si hay uno que merece un viaje por sí solo es el caldero o el arroz Los ángeles (muy Señoret), ambos tienen profundidad, intensidad y un equilibrio extraordinario. Hacía mucho tiempo que no me encontraba un pescado a la sal tan bien ejecutado. Igual de importante es el servicio: la limpieza en sala es impecable, respetando la pieza con oficio y con esa elegancia que solo dan los años de experiencia.
Ángel Lozano, un mesonero moderno al frente de Los Ángeles, en Dehesa de Campoamor. / INFORMACIÓN
Al frente del negocio, de la sala y de cualquier detalle, un joven aunque experto Ángel Lozano, hostelero que desde bien pequeño ha «mamado» la profesión, pues sus padres han tenido y tienen restaurante. Ángel impone un estilo de mesonero moderno en total sintonía con los clientes. Los mariscos hervidos son otra de las grandes alegrías de la carta. Parece un detalle menor, pero no lo es. Conseguir que una gamba, una cigala o un langostino tengan el punto exacto de cocción, que conserven toda su jugosidad y que la piel salga prácticamente de una pieza demuestra que detrás hay técnica y mucha regularidad. Si hubiera que elegir un plato que resume la casa, probablemente serían sus pescados a la sal. Parece una elaboración sencilla, pero muy pocos consiguen ese punto de cocción exacto en el que la carne queda jugosa, firme y conserva toda su personalidad. La bodega está pensada con inteligencia.
No pretende impresionar con etiquetas imposibles, aunque tiene muchas importantes, solo dar respuesta a perfiles de gustos distintos desde los mas clásicos a cosas muy de actualidad. Conviven referencias muy conocidas con otras capaces de sorprender, todo ello acompañado de una cristalería de calidad y de una política de precios bastante sensata, algo que siempre ayuda a disfrutar mucho más de la experiencia. Y cuando parece que la comida ha terminado, llegan unos postres de los que ya casi no quedan. Muy caseros, generosos y hechos para que el final esté a la altura del resto del menú. Los Ángeles no necesita fuegos artificiales ni cocina de laboratorio para convencer. Lo hace con una materia prima extraordinaria, una ejecución muy sólida y un entorno privilegiado. En verano, comer o cenar en esa terraza es uno de esos pequeños lujos que siguen mereciendo la pena. Y cuando llega septiembre, octubre o incluso bien entrado noviembre, probablemente sea el mejor momento para descubrirlo con más calma.

I Love Pelota
Si existiera una camiseta con el lema I ❤Love Pelota, me la pondría sin pensarlo con una buena foto de un tazón rebosante con un par de pelotas con caldo. Bueno… igual existe pero todavía no la he encontrado. Porque la pelota es una de esas cosas por las que siento auténtica pasión. Si tuviera que hacer el ranking de los cinco platos que me llevaría a una isla desierta, junto a una buena tortilla y un gran arroz, la pelota tendría el puesto asegurado. Eso sí, hablar de la pelota es hablar de buena parte de la gastronomía alicantina, pues son muchos pueblos los que la practican en diferentes formatos y elaboraciones: Pelota, pelotas, pilota, pilotes, relleno, fasiura, fasiuras, faseguras, fasegures, terongetes, tarongetes. En la Marina Alta, Marina Baixa, l’Alcoià, parte de l’Alacantí y Vall d’Albaida es muy habitual la pelota envuelta en hoja de col, o no, con unos matices aromáticos muy autóctonos, pensadas para integrarse en el puchero, olleta, cocido o como cada uno bien le llame, sin perder su personalidad. Después aparece el Vinalopó, donde cambian las especias, la textura y el equilibrio de las carnes. Y, por supuesto, llega la Vega Baja, donde la pelota deja de ser un ingrediente para convertirse casi en un estilo de vida. Aquí ocurre algo que sorprende a quien viene de fuera: entras en un bar, pides una cerveza o un vino… y lo más normal es que te ofrezcan un caldo con pelota, sea invierno o verano. Y tampoco definir muy claramente «la pelota de la Vega Baja», pues sabe igual una de Orihuela que una de La Murada, Almoradí, Dolores o Catral. Algunas son más compactas, otras casi se deshacen en la boca; unas buscan potencia, otras elegancia. Todas tienen defensores incondicionales. Cuando pruebo una pelota intento dejar mis orígenes a un lado, fijándome en el caldo, en su limpieza, en la intensidad, en la textura de la pelota, en el equilibrio entre carne, pan y especias. Pero reconozco que hay una parte imposible de medir: la memoria. Porque todos estamos convencidos de que la mejor pelota era la que hace nuestra madre o nuestra abuela. Además sigue siendo un plato de elaboración muy femenina, imposible de olvidad las que hacían las desparecidas Pilar Berenguer, de El Cruce en Almoradí, o las de Araceli Berná, de Casa Corro en Orihuela. Pero la grandeza sigue en pie y sitios como La Caña o El portón en Daya Vieja; Los Infantes o Silvino en Almoradí, el Majaero en Rafal, Joaquin o Casablanca en Orihuela, El Cuartel en Dolores, Mamalú en Benejúzar, Frasquitín en Callosa de Segura… Y la lista se hace interminable de tantos sitios donde se rinde culto a diario a esta gloria de nuestra gastronomía. Ya se esta tardando en montar «La Ruta de la Pelota».
Suscríbete para seguir leyendo











