El relato (II)

El punto de partida es el mismo que en la semana pasada: en estos tiempos en donde toda verdad (y toda mentira) está al alcance de un clic en internet, muchos entienden que lo que vale es cómo se cuenta, más que lo que se cuenta e independientemente de si ello es cierto o no. Es decir: lo que importa es el relato. Y en política parece que más aún. Por eso, para que un gobernante pase a la historia no solo debe tener méritos, hay que contarlos, y contarlos bien. Es el relato. Sin embargo, no es algo nuevo a través de los siglos. Ramsés El Grande, con sus escribas y picapedreros escribiendo en piedra convirtieron en una victoria la batalla de Qadesh, que perdió ante los hititas; lo mismo que Julio César se publicitó a sí mismo con su Guerra de las Galias o como Napoleón en Egipto, a donde llegó con un barco lleno de científicos, artistas y literatos. No hay emperador en la Historia sin un gran gabinete de prensa detrás. Alejandro Magno fue «magno» por los poetas que llevó consigo y los que dejaron constancia de su epopeya, tanto de grandes batallas como puliendo y dando brillo y esplendor a anécdotas tan simples como la del nudo gordiano. Ya saben, aquel intrincado nudo de cuerdas que superó el conquistador griego a golpe de espada.

Fuente