El punto de partida es el mismo que en la semana pasada: en estos tiempos en donde toda verdad (y toda mentira) está al alcance de un clic en internet, muchos entienden que lo que vale es cómo se cuenta, más que lo que se cuenta e independientemente de si ello es cierto o no. Es decir: lo que importa es el relato. Y en política parece que más aún. Por eso, para que un gobernante pase a la historia no solo debe tener méritos, hay que contarlos, y contarlos bien. Es el relato. Sin embargo, no es algo nuevo a través de los siglos. Ramsés El Grande, con sus escribas y picapedreros escribiendo en piedra convirtieron en una victoria la batalla de Qadesh, que perdió ante los hititas; lo mismo que Julio César se publicitó a sí mismo con su Guerra de las Galias o como Napoleón en Egipto, a donde llegó con un barco lleno de científicos, artistas y literatos. No hay emperador en la Historia sin un gran gabinete de prensa detrás. Alejandro Magno fue «magno» por los poetas que llevó consigo y los que dejaron constancia de su epopeya, tanto de grandes batallas como puliendo y dando brillo y esplendor a anécdotas tan simples como la del nudo gordiano. Ya saben, aquel intrincado nudo de cuerdas que superó el conquistador griego a golpe de espada.
Pero… ¿Y de los gobernantes actuales? ¿Quién está llamado a ser recordados como grande? ¿Trump El magnífico? Tendrán que contarlo muy bien. Trump se levanta un día y lo mismo te anuncia la invasión de territorio danés que bombardea otro país iniciando una guerra para afirmar en unos días que ya la ha ganado, del tirón. O igual plantea junto al genocidio palestino una operación turístico-inmobiliaria en las costas de Oriente Próximo que propone cargarse el Tratado del Atlántico Norte. Tantos años de «OTAN no, bases fuera» y va a ser un presidente de EEUU el activista que mande al cuerno la organización.
Sin embargo, a muchos (más de los que se imagina usted) lo que le ha indignado fue que Trump cogiera el teléfono para decirle al presidente de la FIFA que «a mis niños no se les saca una tarjeta roja en pleno Mundial», por mucho nombre de inmigrante que tenga Folarin Balogun.
Y no sabemos aún si Trump pasará a la historia como El grande, El magno o El Magnun 44. Aunque con lo de quitarle una tarjeta roja a un jugador de la selección de EEUU, el presidente de EEUU ya está llamado a la posteridad, al igual que Alejandro con el nudo gordiano. No por ser el affaire con la FIFA un relato épico, legendario, honroso y digno de recordar. Sino porque el rey macedonio hizo lo que hizo sin saber de cuerdas. Y Trump sin tener ni idea de fútbol.













