El mar Mediterráneo resgistró una temperatura media de 26,2 grados este 4 de julio, con una anomalía térmica de 1,8 grados. Así lo recoge el nuevo Sistema de Monitoreo del Mediterráneo (Medmos), un portal desarrollado entre otros por el Área de Meteorología y Climatología de la fundación del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM). El Mare Nostrum está viviendo una ola de calor marina con mucho mayor impacto en su zona occidental porque, en algunos de sus puntos, la anomalía es extrema, de hasta ocho grados como ocurre en el estrecho entre Córcega y Pisa en comparación con la media de las tres últimas décadas o el mar Tirreno. En València, por ejemplo, la boya de València cerró el mes de junio con una temperatura récord de 27,78 grados, registrada el pasado 30 de junio a las 17 horas. Está aun lejos de los 28,97 grados alcanzados el 15 de agosto del pasado año a las 16 horas y del máximo histórico de 29,72 grados, registrado el 9 de agosto de 2022; pero la tendencia es preocupante.
Una superficie marina caliente tiene varias consecuencias. Una de ellas es la caída de la diferencia térmica entre el mar y la superficie terrestre que provoca una caída del efecto de la brisa y noches más sofocantes en el litoral valenciano. Y, sobre todo, su temperatura convierte al Mediterráneo en una fuente de energía para la atmosfera y eleva el riesgo a que las lluvias torrenciales del otoño sean más extremas. Es lo que ocurrió en el año 2024, en el verano previo a la histórica y trágica dana del 29-O. Sus consecuencias, evidentes: 230 víctimas mortales y más de 56.000 hectáreas afectadas. Pero, ¿estaba tan cálido el Mediterráneo entonces?
La respuesta es clara: claramente no. El visor histórico de Medmos permite remontarse hasta el 2 de julio de 2024 y observar la situación térmica de la superficie del Mediterráneo. La comparativa de las dos imágenes -ilustran la noticia- refleja que el calentamiento es global -el color naranja, que pinta las zonas con entre 26 y 30 grados- es el predominante. Pero el mayor cambio se observa en el Mediterráneo occidental, entre la costa occidental de Grecia y el litoral de la Comunitat Valenciana, aunque el mayor incremento de la temperatura marina se da entre el golfo de Nápoles y la Península Ibérica.
A principios de julio de 2024, la temperatura media del litoral valenciano era levemente superior a los 24 grados, mientras que la actual se sitúa entre los 26 y los 28 grados; es decir que la superficie marina está entre dos y cuatro grados más caliente que en el verano previo a la mayor catástrofe climática vivida en la autonomía valenciana.
Solo un factor
Eso no significa necesariamente que vaya a producirse un fenómeno tan extremo como el de hace dos años. En primer lugar, cabe tener en cuenta que fue un episodio de precipitaciones extraordinario e insólito y para muestra los 770 litros por metro cuadrado registrados en Turís en solo 24 horas, según los registros de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Y, en segundo lugar, los expertos insisten en repetir que «solo un mar caliente no causa una dana como la del 29-O, pero es un gran depósito de energía». Así lo explicaba José Ángel Núñez, jefe de Climatología de la Aemet en la Comunitat Valenciana en una rueda de prensa el pasado verano. Y, hace unas semanas, la coordinadora del Área de Meteorología y Climatología del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM), Samira Khodayar, explicaba a Levante-EMV que la climatología en el litoral valenciana está virando a pasos agigantados hacia un escenario de «episodios climáticos extremos y con más impacto».
En el caso de una dana, la temperatura de la superficie marina es un elemento clave porque supone una fuente de energía mayor para la atmosfera que si estuviera menos caliente. Pero, además, se necesita un contexto de inestabilidad atmosférica, causada por un embolsamiento de aire frío. Y el tercer elemento es que esta bolsa se sitúe en el suroeste de la Península Ibérica. Así ocurrió el 29 de octubre cuando, como contaba la Aemet, una «dana se fue descolgando de la circulación general de norte a sur hasta quedar situado su centro en la zona del Estrecho», provocando «un gran forzamiento dinámico sobre el este de la Península». La conjugación de estos tres elementos es indispensable. No es imposible su repetición, pero la virulencia de ese día podría tardar décadas en repetirse.

La situación atmosférica que causó la dana del 29-O. / Aemet
Lo acreditado científicamente es que las lluvias más intensas no están evolucionando igual en todo el territorio nacional como concluye el artículo «La exploración de los cambios en las precipitaciones extremas y las fuerzas sinópticas en la Península Ibérica: una perspectiva regionalizada», publicado recientemente en la revista Weather and Climate Extremes. Este no se atreve a afirmar con rotundidad que haya un «fortalecimiento general de esas perturbaciones», pero sí observa dos señales. La primera es la existencia de una «atmosfera más húmeda en las masas de aire ya de por sí más cargadas de vapor de agua». La segunda, un mayor contraste entre estas perturbaciones y el entorno atmosférico que las rodea. Esto «puede favorecer episodios de alto impacto, aunque no siempre se traduzca en un aumento homogéneo de la lluvia». Lo que sí señala el documento es la necesidad de planificar y prevenir el impacto de los fenómenos extremos con una mirada más regionalizada.
Fuente: Levante – EMV














