Estados Unidos siempre hace lo correcto después de haber intentado todo lo demás. La frase, falsamente atribuida a Winston Churchill, es ahora mismo una vana esperanza para el pueblo venezolano, que asiste con indefensión al amplio respaldo que la Administración Trump ha brindado al interinato de Delcy Rodríguez tras el doble terremoto del 24 de junio.
La enésima tragedia en Venezuela ha servido para fotografiar la verdadera naturaleza de todas las facciones que inciden en un país que, más que un Estado nación, es un pueblo global de 30 millones de personas que no entiende de fronteras y que, conviene recordar, también vota en Miami, Nueva York, Houston o Madrid.
Mientras el mundo se conmueve y envía su apoyo a las zonas afectadas, los ciudadanos venezolanos han sido capaces de abastecer en 72 horas hospitales que llevaban casi tres lustros en la inopia. El mismo plazo de tiempo que tardaron las fuerzas armadas y de seguridad del régimen chavista, todavía vivo bajo una obscena fachada business friendly que solo satisface a los mandamases de Washington, en salir a las calles a hacer lo mismo que durante los últimos 24 años: avasallar, oprimir y extorsionar a su pueblo.
La razón es simple: le temen profundamente a toda forma de organización popular que no controlen, y los venezolanos se organizaron, como pudieron, para atender una catástrofe natural en un país sometido a tres décadas de hecatombe política. Para ilustrarlo: en Caracas, para más de cinco millones de habitantes, tan solo había tres ambulancias públicas en servicio aquel fatídico día de San Juan.
La ira, hoy todavía envuelta en lágrimas y en el anhelo de los últimos milagros bajo los escombros, se palpa entre un pueblo que ha sido sometido a otra humillación más, quizás la más cruel de todas. De la élite chavista, de su acreditada carencia de humanidad y de su maquiavelismo sin límites, los venezolanos no esperaban otra cosa.
El desengaño más demoledor, sin embargo, ha sido para quienes han descubierto que el inquilino de la Casa Blanca, creyéndose dueño del destino de Venezuela y viendo en Delcy a una fiel capataz, se muestra servil, tanto en lo declarativo como en lo fáctico, ante un régimen que el propio gobierno de EE UU ha tildado de narcoterrorista. Una mafia de poder sobre cuyos jerarcas pesan sanciones, órdenes de captura y hasta recompensas millonarias impuestas por la Justicia estadounidense.
La última maniobra ha sido impedir que María Corina Machado, la mujer que más voluntades puede aunar dentro del país, regrese a Venezuela en estas horas de descalabro nacional. La información compartida por varios medios estadounidenses y, en concreto, por The Wall Street Journal, es preocupante, pues deja a la mayor potencia mundial, que tiene ahora a 900 soldados en territorio venezolano, en el mismo bando que el régimen forajido de Chávez, Maduro y Delcy.
Trump ha demostrado hasta la saciedad su inquietante tendencia a querer tiranizar a los aliados de su país y a ser magnánimo con sus enemigos. Una estrategia, posiblemente motivada por su pulsión autocrática e iliberal, que no le está trayendo más que fracasos, desde Ucrania hasta Irán. Creer que Venezuela puede ser, sin más, su protectorado caribeño, es un craso error que tendrá contestación electoral este noviembre, y del que puede salir todavía más escaldado si la frustración de los venezolanos se acaba pagando con sangre en las calles.
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