Durante cinco horas, Nayra Martín Reyes permaneció acostada dentro de una jaula. No estaba sola. A su alrededor volaban 50 canarios domésticos de color. Sobre su cuerpo, cubierto de miel y semillas, los pájaros encontraban alimento. Algunos se acercaban al estómago, otros a los pies, a la cabeza o a las orejas. La artista canaria se convirtió así en un cuerpo-semilla: una presencia quieta y totalmente respetuosa con el bienestar de los pequeños pájaros que activaba una reflexión sobre la explotación, la migración, la memoria colonial y el patrimonio natural de Canarias. «Para mí es importante especificar que la performance es una colaboración con los canarios, con los serinus canaria domestica», precisa la artista al inicio de su relato.
La acción se titula Akanari e inauguró el pasado fin de semana la Bienal de Pintura de Bélgica, una de las citas artísticas más relevantes del país. La propuesta permanecerá instalada hasta el próximo 8 de octubre.
«Yo me transformo en semilla, en cuerpo semilla, para ofrecerme a los pajaritos como alimento», explica Martín Reyes. La performance se desarrolló dentro de una jaula de dos por dos metros. En ese espacio cerrado, la artista compartió el tiempo, el alimento y la respiración con los canarios. «Ellos, para comer, tenían que venir a mi cuerpo y coger semillitas. Estaban por todos sitios: en el estómago, en la cabeza, en los pies, en las orejas», relata.
La pieza mantiene una relación directa con Xaxo, uno de sus trabajos anteriores en el que la artista abordaba la explotación del cuerpo ancestral guanche en los museos. En esta nueva obra, la mirada se desplaza hacia los cuerpos no humanos y hacia el patrimonio natural del Archipiélago. «Continúa lo que estaba trabajando sobre la manipulación de los cuerpos para la explotación», señala. «En Xaxo era la explotación del cuerpo ancestral guanche en los museos y en esta es la explotación de los no humanos, del patrimonio natural también de Canarias».
El canario aparece aquí no como una imagen amable, decorativa o exótica, sino como un símbolo cargado de historia. Martín Reyes recuerda que los canarios domesticados que hoy existen en distintos lugares del mundo descienden de la especie salvaje canaria. Tras la colonización de las Islas, estos pájaros fueron capturados y comercializados por su espectacular canto. «Se dieron cuenta de lo bonito que sonaban», apunta la artista, que establece un paralelismo con la historia de los aborígenes canarios, también capturados y esclavizados en distintos momentos del proceso colonial.
En la obra conviven, por tanto, dos relatos de desposesión: el de los cuerpos humanos y el de los cuerpos animales. «Van como en paralelo esas dos historias», resume Martín Reyes. El canario, convertido durante siglos en ave de compañía, objeto de prestigio y elemento ornamental, arrastra para la artista una memoria de captura, domesticación y transformación.
Un detalle de la interacción entre la artista y los canarios. / Jeroen Van Caneghem
Presencia en los Países Bajos
Esa lectura se amplía en el contexto flamenco. La artista explica que, cuando los canarios empezaron a popularizarse en los Países Bajos, se convirtieron en mascotas apreciadas por las élites porque transmitían una idea de sofisticación, conocimiento del mundo y refinamiento. De ahí pasaron también al arte, a grabados y pinturas en los que aparecían asociados a mujeres de las clases altas, como un accesorio más de la escena doméstica.
«Se convirtió casi en un accesorio», señala Martín Reyes. Su propuesta busca subvertir esa imagen. Frente al canario convertido en símbolo de distinción o en elemento decorativo, Akanari devuelve al ave su historia de desplazamiento y manipulación. «Fueron robados y manipulados para lo que el mercado quería», afirma. «Al mercado le gustaba que cantara, pero no era tan bonito el canario. Entonces lo empezaron a manipular genéticamente».
La performance se realizó con la colaboración de un club de canarios de color de Flandes, cuyos miembros prestaron los ejemplares para la acción. Había canarios rojos, amarillos, blancos y ejemplares especializados en el canto. Para la artista, ese contacto abrió una dimensión inesperada del proyecto: la constatación de una tradición histórica que une Canarias y Flandes a través de estos animales.
«Me he dado cuenta de que esto es una tradición histórica que une las Islas y Flandes», explica. El canto de los pájaros fue una de las capas más interesantes de la experiencia. «Cuando se ponen a cantar es muy intenso. Cantan entre ellos, uno al otro, para afirmar su dominancia», cuenta. Dentro de la jaula, la artista sintió que formaba parte de «una especie de ecosistema» en el que ella era, al mismo tiempo, presencia humana, alimento y sustento.
La palabra Akanari remite al término «canario» en la antigua lengua vinculada al amazigh. Martín Reyes eligió esa forma por su sonoridad y por su capacidad para conectar con los orígenes.
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