‘El Tirano’ llegó a París instalado en la tercera plaza del podio y se mostraba serio ante un incrédulo Alberto Contador, llamado ‘El Pistolero’, que no entendía por qué sonaba el himno danés en vez del español por los altavoces de los Campos Elíseos con Jaime Lissavetzky, por aquel entonces secretario de Estado de Deportes, puesto en pie en el palco de autoridades y protestando a la dirección del Tour. Simplemente ocurrió que el encargado de la megafonía le dio al botón equivocado; en el orden alfabético francés, al igual que en el castellano, Dinamarca va antes que España.
Era Lance Armstrong el que ejercía como tirano en el conjunto Astana y el que ya advirtió a Contador de sus intenciones, cuando un par de días antes de desplazarse a Mónaco, donde empezaba el viaje de 2009 que llevó el Tour a Barcelona, se fueron a Montpellier a ensayar la contrarreloj por equipos. “Yo he venido aquí a ganar el Tour y no me jodas”. Contador descubrió que tenía al enemigo en casa, un estadounidense que tres años después fue descalificado de todos sus éxitos, entre ellos los siete Tours conquistados, por dopaje generalizado a lo largo de su carrera deportiva.
La relación en la escuadra kazaja, donde corría la pareja, era insostenible. Los periodistas que siguieron aquel Tour vieron la imagen habitual de todas las mañanas, si el destino los llevaba a compartir hotel con Contador. Había dos mesas para desayunar. El primero que llegaba se sentaba en una y el otro en la siguiente. Ciclistas como Haimar Zubeldia explicaron al cabo de unos años el aprieto que les suponía decidir qué silla ocupaban, así que un día con uno y el siguiente con el otro.
9 de julio de 2009
A Barcelona (jueves, 9 de julio de 2009) llegaron los ciclistas mirándose de reojo, sin fiarse, cada uno con sus gregarios de confianza, dos equipos en uno. “Don’t fuck me” (“no me jodas”). Era la advertencia que repetía el estadounidense al ciclista de Pinto. “He ganado dos Tours, uno en la carretera y otro en el hotel. Este último ha sido peor”, dijo Contador al poco de conseguir la victoria.
Era el mismo Armstrong que, en la segunda jornada de descanso, siguió la conferencia de prensa de Contador desde una ventana en el hotel de Verbier (Suiza) junto a Johan Bruyneel, el director que lo protegía y que había decidido que el tejano fuese el jefe. Contador se reveló y llegó a París de amarillo para escuchar el himno danés como Jonas Vingegaard años después.
El Tour 2009, a su paso por el paseo de Gràcia / JORDI COTRINA
¡Ah! Llovió en Barcelona. La lluvia en Sevilla es una maravilla. Nadie lo niega cuando refresca en la capital andaluza. Pero ¿por qué siempre lo hace cuando llegan los ciclistas a la principal ciudad catalana? Llovió en 2009 al igual que hizo 14 años después en el estreno de la Vuelta; agua y sin luces en una etapa en el anochecer y con una tormenta que oscureció Barcelona.
Sol, sábado y domingo
Por fortuna, las previsiones para los días 4 y 5 de julio en vez de ofrecer un Tour mojado indican calor verdadero, aunque afortunadamente lejos de la ola tórrida que ha castigado a Europa este mes de junio.
En 2009, el viaje a Barcelona comenzó en Girona y la tormenta descargó hasta poco antes de que los ciclistas entraron en el término municipal de la capital catalana donde ganó el noruego Thor Hushovd, que presumía de ser ‘catalán’ porque vivió unos años en El Pertús, aunque, ciertamente, no hablaba ni una frase en ese idioma, y tampoco en castellano. Batió a Óscar Freire y a José Joaquín Rojas, en un final de etapa donde, entre otros, se fueron al suelo Tom Boonen, Michael Rogers e Igor Antón.
La lluvia no restó expectación. Unas 700.000 personas se citaron en el final de la sexta etapa y otras 300.000 presenciaron al día siguiente la salida de la prueba que desfiló, entre otras avenidas, por el Paseo de Gràcia.
Cada uno a lo suyo
Contador y Armstrong ni se saludaban, cada uno a lo suyo y cada cual con su bando. El estadounidense Levi Leipheimer, el ucraniano Yaroslav Popovych y el alemán Andreas Klöden eran los aliados del tejano mientras que el portugués Sergio Paulinho apoyaba al madrileño. Entre los neutrales, aparte de Zulbeldia, estaban el suizo Grégory Rast y el kazajo Dmitry Muravyev que sólo obedecía las órdenes que le llegaban de su país: que ganase un miembro del Astana fuese Contador o Armstrong, y se dejase de historias y apoyos sentimentales.
Como si fuese el texto de la famosa canción ‘La Perla’ de Rosalía, estas fueron algunas alhajas que Contador dejó para la posteridad: “mi relación con Armstrong es nula; es un campeón, pero como persona mi aprecio es ninguno”. O: “en el autobús se registraba una tensión que se podía cortar con un cuchillo, como si tuviera el enemigo en casa”. Y, finalmente, “dormía con la bici en la habitación, no me fiaba que al día siguiente apareciera con las ruedas flojas o los cables de los cambios -hoy ya no se llevan- tocados”. Realmente la bici pernoctaba con su mecánico, Faustino Muñoz. Seguro que al mirar Contador a Armstrong por las calles de Barcelona al ciclista madrileño no se le ocurrió tatarear la rumba de “amigos para siempre”.
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