La bolita estaba en Aboño

Una de las mejores recompensas de la profesión es poder hablar con personajes de todo tipo y condición, especialmente con aquellos que están dispuestos a echarse unas risas dejando a un lado esa pose yernos y nueras y perfectos. Gracias a la mediación de Armando el del «Globo», uno de los hosteleros clásicos de la capital marítima del Principado –otro día, con tiempo, hablaremos de todos los chigreros emblemáticos que se nos están yendo y jubilando–, y de mi padre, Alfonso, el de la Droguería Asturiana, tuve la oportunidad de compartir un vasu con «El Jaja» para la sección «Míticos de Gijón» que, al alimón con el cronista oficial de la villa, mi amigo Luismi Piñera, se publicó en estas páginas durante más de setenta entregas dominicales. El «Jaja», al que nunca volví a ver después de aquel ameno y célebre encuentro, fue vendedor de grillos y recadero, entre otras muchas cosas. Pero, especialmente, se hizo célebre en la ciudad por su destreza en el juego en el juego del trile. Buenos competidores le han salido.

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