Volvemos de unas Hogueras asfixiantes. No solo por las asfixiantes temperaturas, sino también por el bochorno moral: una cadena de despropósitos, entre ellos una decepcionante palmera pirotécnica el día de la cremà, que ya parece el programa oficial de fiestas. Mientras los racós “populares” colonizan los mejores rincones alicantinos con barra libre de privilegios, a foguerers y barraquers se nos somete a una yincana burocrática indecente: informes, permisos y licencias que llegan al límite y ponen en jaque los plazos. Me parece paradójico que precisamente quienes sostenemos una fiesta de Interés Turístico Internacional seamos los primeros en toparnos con más muros que puertas abiertas.
A la liturgia del obstáculo, se suma la postal de siempre: calles pegajosas, suciedad que se enquista y un civismo que se nos escurre entre los dedos. Alicante recibe a cientos de miles de visitantes en estas fechas, cosa que debería ser orgullo y motor de nuestra ciudad. Pero el turismo solo suma cuando viene con corresponsabilidad. Cada vez más los visitantes confunden “fiesta” con territorio sin ley: exceso alcohólico, personas miccionando en la vía pública, basura por doquier y desprecio al patrimonio común. Aun así, seguimos oyendo que una tasa turística sería “desproporcionada”. Desproporcionado, permítanme muy señores míos, es que el contribuyente pague, en solitario, la limpieza, la seguridad y el desgaste de un modelo que prefiere cantidad a calidad. Alicante merece visitantes, sí; pero, sobre todo, administraciones que protejan la casa de todos.
Vengo, sin embargo, a hablar de otra peste emparentada con lo anterior: el chisme. No somos islas, aunque tengamos una preciosa isla, Tabarca, que se quiere independizar de nosotros; a lo sumo,somos penínsulas con puente levadizo que necesitan sentirse incluidos en una comunidad. Y en ese vaivén social, la curiosidad se vuelve oficio: cualquier comentario asciende a noticia; cualquier rumor, a media verdad con vocación de sentencia. El chisme rara vez es inocente: destruye, deforma y convierte el juicio fácil en deporte municipal.
Entre mis allegados resuena cada vez más fuerte un runrún: estamos huérfanos. Huérfanos de carácter, de convicciones, de gente capaz de inspirar y de decir “vamos” sin pedir permiso al sondeo del día, por muchos “influencers” que quieran copar estas esferas. El descrédito institucional es transversal: colores, siglas y niveles: corrupciones, ceses, “no me consta”, “no lo recuerdo”, redes clientelares, ruido y espectáculo llenan las portadas de bronca; vacío de proyecto. En mi opinión, sobran tertulias y faltan rumbos.
Quizá la orfandad tenga espejo: una sociedad que sentencia antes de escuchar y mide con regla distinta según quién sea el medido y más si somos mujeres. La igualdad sigue en obras. A una mujer con ambición se le exige examen continuo; a un hombre, se le aplaude liderazgo por la misma actitud. A ellas se les fiscaliza el tono, la apariencia y la vida privada; a ellos, casi siempre, solo el marcador. Esa doble vara no es solo injusta: es cara. Nos roba talento, apaga vocaciones y recicla prejuicios con una sonrisa de modernidad.
Solo les pido dos cosas, en primer lugar, una reflexión algo incómoda: ¿de verdad estamos orgullosos de lo que estamos construyendo? ¿Vivimos los principios que declamamos? ¿Aportamos algo, aunque sea pequeño, para mejorar la vida del de al lado? En segundo lugar, una rebeldía simple: sean raros. No alimenten corrillos ni cadenas de dimes y diretes. Una sociedad adulta no presume de velocidad para propagar rumores, sino de su capacidad para construir confianza, respetar la diferencia y reconocer el mérito ajeno sin necesidad de que lleve nuestra firma.
Soñemos en serio: un espacio donde mujeres y hombres crezcan sin necesidad de desacreditar al prójimo para escalar un peldaño. ¿Quién nos nombró jueces de vidas ajenas porque alguien no cabe en el molde que otros fabricaron? Una sociedad libre no señala a quien disiente, no ridiculiza a quien rompe el patrón y no usa el rumor como mordaza del talento.
Las ciudades no se definen por el volumen de sus petardos ni por el decibelio de sus tertulias, sino por la dignidad con la que tratan a su gente. Seamos fieles a lo que decimos ser: libres, respetuosos, solidarios, responsables. Invirtamos más tiempo en aplaudir el mérito que en rastrear el defecto; en apoyar a quien cae, como tantos amigos venezolanos que aquí rehacen su vida, que en señalar al vecino desde la comodidad del pasillo. Tal vez entonces dejemos de añorar líderes de manual, porque habremos entendido que el liderazgo no se decreta en un BOE ni se compra en campaña: empieza en la ejemplaridad tozuda de cada día.
Por si quedan dudas: la tasa turística no es anatema, el chisme no es folclore y la igualdad no es consigna. Son decisiones: o ponemos orden en la casa, reglas claras, costes compartidos, respeto real; o seguiremos barriendo pegotes mientras aplaudimos la próxima ocurrencia. Alicante merece mejor. Y nosotros, también.
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