En el corazón de la Iglesia hay un compromiso con el cuidado de las personas. Se hace presente allá donde hay soledad, sufrimiento o necesidad para acompañar y proteger a cada ser humano, reconociendo en cada uno su dignidad como persona.
Es el caso de la casa de acogida que la comunidad ‘Shejiná‘ tiene en Murcia. Un proyecto con más de diez años de vida que acompaña y ofrece ayuda integral a jóvenes que luchan contra las depresiones, adicciones y situaciones difíciles en la familia.
Como señala en ‘Solidarios por un bien común’ el responsable de la comunidad, el Padre Pedro Najas, las adicciones son “una pandemia donde los jóvenes están sumergidos en un sufrimiento grande, en la esclavitudes, en el desierto, y la Iglesia ofrece una respuesta”.
Cuando llegan a ‘Shejiná’, la mayoría de ellos “vienen destruidos” y apenas han vivido la fe. En la casa de acogida experimentan “el amor de Dios, donde no se sienten juzgados, sino escuchados, amados y acogidos”, puntualiza Najas.
La mayoría de los usuarios permanecen una media de un año y medio. “El mundo de las adicciones les corta muchas capacidades, dejan los estudios y trabajamos en la resinserción con profesores que vienen y estudian la ESO y Bachillerato a distancia”, ha relatado el sacerdote.
Pablo García forma parte desde hace tres semanas de la comunidad ‘Shejiná’. “Estaba en un momento de caos donde toqué fondo. Mi madre me lo dejó claro, me dijo que necesitaba ayuda. Buscamos una casa donde me tocara el espíritu. Estoy mejor que nunca y con ganas de llevar una vida nueva”, ha comentado.
Desde que probó el porro con quince años, su vida derivó en una vorágine de drogas y juego: “Cuando consumía me cambiaba la personalidad, no era yo”.
En solo tres semanas, Pablo se siente con ánimo para afrontar de nuevo el futuro, pero reconoce que hay baches en la recuperación: “Hay momentos de nostalgia que el demonio te mete en la cabeza, porque cuando consumes estás bien pero luego viene lo malo”.
En ‘Shejiná’ también ha encontrado el amor de Dios, del que se alejó en su adolescencia: “Mi problema fue salirme del camino a los quince años y empecé con una mala vida, amistades que no son malas personas, pero hacían malas cosas”.
Joaquina Valenzuela es madre de uno de los beneficiarios de la comunidad murciana. Su hijo fue preso de las adicciones, sumiendo a la familia en “un túnel de angustia e impotencia”.
“No sabes en qué momento ha sucedido, te sientes culpable… Es un cúmulo de emociones que te llevan a ver cómo se precipita en un abismo y tu caes como él”, ha precisado.
Ahora, Joaquina ha visto en su hijo un cambio impensable hace solo dos meses: “Hacer cosas como pintar una puerta, trabajar en el jardín, cosas tan sencillas como hacerse la cama, participar en la cocina…”
En ‘Shejiná’, Joaquina y su hijo no solo han encontrado amor y acogida, sino esperanza: “Hablas con psicólogos, psiquiatras de pago o de la Seguridad Social y no ven nada, todo es muy mecánico, muy frío. Somos números pero no entramos en la persona, en ‘Shejiná’ es diferente”, sostiene.
Como comenta el obispo de Cartagena, José Manuel Lorca Planes, “el Evangelio es claro. Cuando te encuentras a alguien por la calle y te pide, mírale a los ojos e interésate por la persona que tiene una necesidad. La Iglesia de Cartagena miran la cara y no pasan de largo”.
En este sentido, Lorca Planes asegura que quienes viven “el drama de las adicciones les hacemos descubrir de que hay esperanza”.
Una esperanza que también halló José Antonio. “Venía de un infierno por la adicción, te mata por dentro y por fuera”.
Tiene claro que si no consigue salir adelante en ‘Shejiná’, no lo hará ya en ningún sitio: “Con mi familia entré sin tener trato, estaba destruida y aquí se está recomponiendo, hablo con mis padres, mi primos, familiares… Yo entré reacio al principio, con la esperanza de curarme y salir de las drogas, y te das cuenta de que la droga es un caparazón”, ha subrayado.
Jaime Olivares también salió de sus adicciones gracias a la comunidad. Ahora ayuda como voluntario a otras personas que pasan por lo mismo que él vivió. “Sentía por dentro un agradecimiento que no podía compensarle al Señor, porque yo antes de venir a esta casa me iba a suicidar. He vuelto a vivir. Aquí ahora un día aguantas un ataque de ansiedad de uno, otro repartes las pastillas…”
En Almería, los Hermanos Franciscanos de Cruz Blanca regentan la Casa Familiar Nazaret, donde conviven con personas vulnerables de 22 países diferentes.
El Superior de la casa, el Hermano Julio Moreno, ha explicado que junto a ellos colaboran las Siervas de María, encargadas de cuidar a los enfermos, discapacitados, personas sinhogar o que viven en asentamientos que son atendidos en Nazaret: “No tienen dónde ir. Somos una familia que acoge, acompaña y transforma la vida de personas descartadas que se encuentran en las cunetas de los caminos para darles la dignidad que muchas veces le han robado”.
Manuel, Princesa o Shadía son algunos de los beneficiarios de la comunidad. Los propios Franciscanos de Cruz Blanca aprenden de sus testimonios, como es el caso de Nicolás: «Aprendo mucho de ellos Son profesores para mi y para los demás”.
La Casa Nazaret sale adelante gracias a voluntarios como Carina Cortés: “Es tener compasión por las personas y eso te llena. La fe es muy importante para hacer esta labor. Todas las personas que asisten aquí tienen aunque sea un poco de fe”, afirma.











