Vuelve al trabajo la selección con los mejores jugadores lesionados del mundo. El nuevo Messi ahora llamado Lamine, el nuevo Vinícius ahora llamado Nico Williams, y el balón de oro ahora llamado Rodri. El equipo español parece uno de esos restaurantes de lujo en que nunca cocina el chef titular porque está en un programa de televisión, aunque son absurdas las tasaciones individuales en el encuentro ante Arabia Saudí, donde solo merece una mínima atención el resultado.
De la Fuente reconoció que en el lunes inaugural se había equivocado en la mitad de la alineación, pese a que en el matadero de la rueda de prensa tras el ridículo ante Cabo Verde solo confesó falta de «frescura» y otros ingredientes hortofrutícolas. El seleccionador se jugaba que le retiraran el pasaporte si reincidía, pero los cuatro cambios de su acto de contrición se vieron generosamente recompensados. España se quedó con las joyas de Arabia, una tradición por lo que se ve, aunque el equipo saudí no vale ni los treinta mil euros en que Zapatero el austero estimaba su botín.
El España-Arabia confirma que hay selecciones que no se merecen el Mundial ni como espectadoras. Si se registrara la caja fuerte de Gianni Infantino, una intervención policial frecuente en la historia de la Fifa, se entendería mejor la extensión de la World Cup a 48 selecciones. Según la rentable Federación Internacional, uno de cada cuatro países del mundo debe acceder a una competición que antaño sobresalía por su elitismo, y que ha sido vulgarizada.
La generosidad de Arabia no se limita a la entrega a manos llenas de zafiros y rubíes a los políticos españoles. Los tres goles iniciales en veinticinco minutos procedían de jugadas que hubieran resultado inverosímiles ante el enclaustramiento elegante de Cabo Verde, pero también orientaban el partido hacia el histórico doce a uno del España- Malta.
La selección española habría marcado los goles necesarios sin restricciones, pero se apiadó de un rival empeñado en que el partido transcurría de igual a igual. Si solo puedes empatar, y necesitarás la intervención de Alá para lograrlo, no intentes ganar. Los pundonorosos saudíes desparramaban sus joyas presionando a Unai Simón, mientras se desangraban en defensa. Sus tímidos ataques eran más inocuos que una brisa en el desierto, y anulaban cualquier intento de competición.
Por inverosímil que parezca, España inauguró el domingo por detrás de Arabia en la clasificación del grupo. El segundo encuentro ha recompuesto el mapa geofutbolístico, porque indirectamente también mide el rendimiento más bien paupérrimo de Uruguay. La selección de De la Fuente no tuvo ni que intentarlo, el encuentro se le abrió como una jugosa granada. No importa. A las joyas regaladas, no les hinques el diente para determinar su pureza, que diría Zapatero.









