Cristina Almeida convirtió el derecho en una forma de luchar por la democracia. Defendió a trabajadores, mujeres y represaliados en el ocaso del franquismo y durante la Transición. Referente de la izquierda española del último medio siglo, hoy se sienta frente a Un café en las alturas para hablar de política, de feminismo y de la vida.
La conversación se remonta a 1977, el año en que el atentado contra el despacho laboralista de Atocha, al que ella estaba vinculada, conmocionó a la sociedad española: «Yo estaba en Chile haciendo un trabajo para Naciones Unidas sobre mujeres desaparecidas y niños robados y tenía que llamar todos los días al despacho para que supieran que no me pasaba nada porque estaban preocupadas porque era Pinochet y yo era conocida». Cristina Almeida rememora en la entrevista el dolor con que vivió este atentado y recuerda que, cuando regresó a España, recibió una nota amenazante en la que se leía: «Te has librado de esta, cerda, pero vamos a por ti. Firmado: la Triple A».
De padre franquista, Almeida vino a vivir a Madrid con su familia cuando tenía 12 años. Estudió en un colegio de monjas y cuenta que su madre tuvo empeño en que ella y sus hermanas fuesen a la universidad. Fue allí cuando entró en contacto con la política clandestina y los movimientos estudiantiles antifranquistas: «Entré en el Partido Comunista porque fusilaron a Julián Grimau (político comunista ejecutado por el franquismo) y era lo único que había para luchar contra la dictadura».
Almeida, que fue expulsada del Partido Comunista y participó después de forma activa en la fundación de Izquierda Unida, lamenta la tendencia a la fragmentación de los líderes de izquierdas: «Cada uno piensa que es más de izquierda que el otro y, al final, la izquierda se divide por izquierdismo, no por derechismo; es una pena que no se unan porque si hubiera una sola voz de la izquierda, pero plural, sería más beneficioso para el país».
A cuenta de los esfuerzos de Gabriel Rufián (ERC) por lograr la unidad del conjunto de formaciones de izquierda en España, Cristina Almeida termina hablando de lo que significó el procés: «Fue una etapa muy dura y Cataluña se puso insoportable, yo iba muchísimo y daba miedo ir porque era de una agresividad tal que no la conocías de nada. Sin embargo, ahora voy y está mucho más relajada». «La independencia no significó nada positivo para Cataluña sino algo negativo para España. Yo ahí luché para que no tuviera la repercusión penal que tuvo el procés, pero estuve de acuerdo con que había que tomar medidas contra el intento unilateral de independencia».
La conversación gira hacia la polarización y la crispación imperante en la escena política española, y Almeida sale en defensa del presidente del Gobierno: «Desde que ganó Sánchez las elecciones ha habido un atentado directo contra él, es la persona más perseguida». La dirigente histórica de izquierdas lamenta la falta de diálogo entre los políticos: «No me explico las cosas que oímos en el Congreso de los Diputados, la polarización que se ve allí se traslada a la sociedad». Y lanza con fuerza una dura crítica al Partido Popular: «El PP ya no admite un diálogo, está obligado al diálogo con la extrema derecha y eso le impide tener una visión más abierta de la sociedad».
Almeida asegura que lo que más le molesta de la extrema derecha es «la mentira fácil, la mentira de siempre ir a la contra y buscar a la gente desanimada de todo». Lo primero que hacen -afirma- es buscar la persecución del inmigrante: «No les gustan trabajadores con derechos y trabajadores con derechos son trabajadores que aumentan el desarrollo del país».
En relación a los escándalos de corrupción que cercan al PSOE en los últimos tiempos (Ábalos, Koldo, Santos Cerdán), Cristina Almeida reconoce cuánto le duele y recuerda los casos que, en su día, asediaron al Partido Popular: «Poder, dinero y putas… en todos los partidos; lo que pasa es que a la izquierda se le perdona menos la corrupción porque quiere ser ejemplificadora».
Y de ahí, Almeida hila con su discurso más genuino, el de la defensa del feminismo: «¿Cuándo vais a decir (los hombres) que no se puede conseguir la sexualidad por violencia, que no se puede aprender la sexualidad en la pornografía, que es agresión? Me da rabia porque es más generalizado de lo que creemos. Hoy, cuando los hombres tienen que celebrar algo, muchos de ellos terminan juntos en ir de putas».












