Cáritas Diocesana de Córdoba ha elegido para su campaña una frase que, en su aparente sencillez, contiene una impugnación completa de nuestro tiempo: elige amar, elige comunidad. No dice elige indignarte, elige opinar, elige señalar culpables desde el sofá. Dice amar. Y añade comunidad, porque el amor encerrado en el gabinete sentimental de cada cual acaba convertido en perfume del alma, inútil para quien tiembla al otro lado de la puerta.
Vivimos rodeados de emociones sin consecuencia. Nos conmueve una fotografía, nos sobresalta una estadística, nos escandaliza durante unas horas la desgracia ajena; pero enseguida regresamos al altar de nuestras prisas. Y es verdad: nadie puede hacerlo todo. Pero todos podemos hacer algo. Ahí empieza la caridad: no en la grandilocuencia de los discursos, sino en ese mínimo acto por el que una persona deja de ser problema y empieza a ser prójimo.
San Pablo escribió que «la caridad no pasa nunca». Quizá no pase porque no pertenece al reino de lo espectacular, sino al de lo imprescindible. Pasan las consignas, los entusiasmos, las modas compasivas; pero queda la mano que acompaña a un anciano, el voluntario que escucha sin mirar el reloj, la parroquia que abre una puerta cuando las ventanillas han cerrado.
La campaña de Cáritas acierta al unir amor y comunidad, porque el triunfo del mundo contemporáneo ha sido convencernos de que la libertad consiste en no deberle nada a nadie. Hemos llamado autonomía a la intemperie, privacidad al aislamiento, éxito a no necesitar a los demás. Pero el hombre no fue creado para vivir como una isla. Necesita rostro, mesa, saludo, compañía, alguien que recuerde su nombre cuando ya ni él mismo se siente digno.
Dante cerró su Comedia hablando del «amor que mueve el sol y las estrellas». Pero ese amor no suele manifestarse con trompetas celestiales, sino con gestos humildísimos: una bolsa de comida, una llamada a tiempo, una visita al enfermo, una ayuda para pagar la luz, un rato de conversación con quien ya sólo habla con sus fantasmas. Amar también organiza. Convierte la buena intención en presencia eficaz.
No despreciemos la caridad por no parecer revolución. Hay revoluciones que prometieron salvar al hombre y terminaron sacrificándolo en nombre de una abstracción. La caridad, en cambio, empieza por uno solo: un cuerpo, una historia, una herida. No pretende arreglar el mundo desde un despacho celeste, sino impedir que se hunda una esquina concreta.
Córdoba, que sabe tanto de patios abiertos, debería recordar que una casa sólo es humana cuando alguien puede entrar en ella sin miedo. Cáritas nos recuerda que la fraternidad no es una palabra decorativa, sino una arquitectura trabajosa: hay que sostenerla, limpiarla, pagarla y atenderla. Elegir amar es elegir comunidad. No la comunidad de los iguales, sino la de los heridos, los incómodos, los que no devuelven nada. Allí se prueba si nuestro corazón es una idea hermosa o una habitación disponible.
*Mediador y escritor















