La visita del Papa León XIV al Congreso se consolida como una gran excepción en la vida parlamentaria de nuestro país, y se convierte en un hito también dentro de los muchos días históricos que se han vivido en el Parlamento en la historia reciente. Frente a investiduras, grandes debates o mociones de censura de los últimos años, marcadas por la división y la gresca, el Pontífice ha sido el único de sellar una tregua durante un día y rebajar la polarización que vive instalada en el Hemiciclo. Logró, por momentos, difuminar las fronteras entre partidos, con todos los diputados en pie y aplaudiendo durante seis largos minutos, sin distinción de signo, color o creencias.
Pocos días hubo con tanta expectación. Aunque la visita estaba prevista para las 10.30 horas, tanto diputados como periodistas llegaron con horas de antelación, en un trasiego que comenzó en los primeros compases del día. La apertura para la prensa fue a 7.30 horas. Para acceder, había que atravesar un fuerte dispositivo policial apostado las calles aldeañas.
Diputados y senadores batieron récord en su hora de llegada. Si es habitual ver el desfile de diputados corriendo por el pasillo del Congreso segundos antes de comenzar las sesiones, en esta ocasión los dirigentes fueron haciendo entrada desde dos horas antes. Una hora antes del comienzo, todos estaban en sus puestos, con un hemiciclo lleno hasta la bandera.
En la tribuna, personajes distinguidos y las más extrañas mezclas. Los expresidentes José María Aznar y Mariano Rajoy junto al president de Cataluña, Salvador Illa, charlando distraídamente y con gesto relajado, en una imagen difícilmente imaginable en otras circunstancias. El jefe de la CEOE, Antonio Garamendi, junto al líder de CCOO, Unai Sordo. Combinaciones imposibles que sólo permitió la presencia del Papa, y en un ambiente distendido donde todos aplaudieron a una al Pontífice.
Casi siete minutos de aplausos con los diputados en pie, y el apoyo cerrado de todos los partidos más allá de ideologías. Sólo se ausentaron Podemos y BNG, que decidieron no participar. Si el Papa aunó todos los colores tras su discurso, marcadamente social, menos respaldo reunió la presidenta del Congreso, Francina Armengol, que los diputados de Vox se resistieron a aplaudir -sólo lo hizo muy tímidamente su líder, Santiago Abascal, que minutos antes había saludado al Papa junto al resto de portavoces y líderes en la sala de Pasos Perdidos del Congreso-.
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