Una crónica


Desde que tuve móvil –allá por el 2011: fui tardío– mi aparato ha sido y es viejo, analógico y en absoluto digital. Durante años, he advertido cierta incomprensión a mi alrededor por no tener WhatsApp, no formar parte de grupo alguno –«¿ni siquiera de familia?», preguntan sorprendidos–, no hacer ni mandar fotos, y no aceptar el móvil como el sustituto de la memoria que se pierde, o del saber que no hemos tenido nunca, esas imposturas poscontemporáneas que hacen pasar por memorioso o culto a quien no lo es.

Fuente