Que Gaspar Zarrías anduviese por medio del asunto de la fontanería del PSJ(O)E, pues no sorprende, la verdad. Verdes las siegan, quien nace lechón, etcétera. Ya saben ustedes lo diverso que es el refranero español para estas suertes de la cosa marrón. Pero, carajo, se imaginaba uno que Zarrías era más listo que esta mancha de personajes peculiares, esta galería de frikis, que estamos viendo en los papeles judiciales camino del banquillo, previo cante jondo para reducir las penas por cooperación analógica. Así de primeras, no van a tener más remedio que purgar a la dirección de la Guardia Civil, mayormente, por idiotas. Solo lo conocido en el último sumario obliga a cepillarse a la cúpula del benemérito cuerpo.
Se tenía al PSOE en cierta estima para estas cosas de los asuntos turbios, pero es que uno viene de los tiempos de Rubalcaba, de Txiki Benegas, del propio Zarrías cuando era Zarrías, de todo aquello. Gente seria, capaz, silenciosa, expeditiva. Que desplumaba y luego te guiñaba un ojo. De cuando Villarejo, que es de El Carpio, era de los nuestros, cosa que se les olvida. Y no de esta mancha de mugre aplaudida por agradaores a tanto la tertulia y por viejas glorias, que se desgañitan a cada invento de lo más granado de la Federación Socialista Madrileña, esa secta de estultos que tiene círculo propio en el infierno descrito por Dante.
Lleva uno muy malamente esta pérdida de modales en los bajos fondos de la política. Cabrones ha habido siempre, qué les vamos a contar que no sepan, pero esta pandilla de cutres, estos apandadores que más que susto dan grima, suscitan ese sentimiento humano de no poder dejar de mirar, pese a sentir la vergüenza ajena en toda su inmensidad. Hay que ser pardillo para cometer un (presunto) delito de financiación de partidos haciendo pasar por gastos electorales -subvencionados y controlados- una compra de audios sobre saunas de comercio carnal.
Sorprende de estos malos posmodernos lo que charlan por el whatsapp y lo malamente que esconden los billetes. A todos los pillan con los mensajes y con el metálico en casa, contándole las cosas a la churri, dándole todo tipo de pelos y señales sobre los «50k» cobrados, sobre el «one» que los quiere tanto. Al menos, a Felipe le llamaban «Dios». En castellano y con mayúscula.
A Zapatero le han incautado la colección bisutera fina (o no, se verá en la tasación) con lo de los chinos y el trinque venezolano. Lo que se hace por un hijo, en este caso dos, no lo sabe nadie. Pero las joyas-joyas las tenía Pedro Sánchez bajo su estricto cobijo y patrocinio. Las perlas majóricas, los diamantes brutos de verdad, la cucharita de plata, el peluco de marca pillado en Ceuta. Y lo peor es que da la impresión de que, como decían en los dibujos animados de nuestra niñez, no se vayan todavía, que aún hay más.
*Periodista









