El Real Zaragoza se marchó del fútbol profesional con un funeral a la altura de la terrorífica temporada sellada, con un descenso a la Primera RFEF más que justo y desde la posición de colista. El zaragocismo, harto de estar harto, se decantó claramente por el hastío en un día en el que el Ibercaja Estadio registró la peor entrada de largo de la temporada, con 9.022 aficionados, menos que en el Trofeo Carlos Lapetra en el amistoso en verano, más de 1.000 de ellos malaguistas, que bien se hicieron oír además, y el final de la pesadilla tuvo más indiferencia que bronca, más resignación que enfado.
Sí hubo protestas, claro, al saltar los jugadores al campo, con una pitada general o los cánticos de directiva dimisión durante el choque donde en el palco solo se vio de nuevo a Fernando López, director general impostado y de nula credibilidad al que le espera la salida, volviendo a dejar claro lo poco que le importa a esta funesta propiedad llegada en 2022 el club y su gente, dar la cara ante ellos.
Tampoco lo hicieron en la despedida, ni por supuesto el presidente Jorge Mas, días después de que en su autoentrevista proclamase su deseo de dar un paso accionarial adelante junto a Juan Forcén. La propiedad, los dueños de este Zaragoza, auténticos enterradores son aún más indignos que el equipo, que ya es caer en la indignidad por cierto.
Y es que queda dicho que el encuentro queda reflejó el mal nivel zaragocista durante todo el curso para sumar su undécima derrota en casa en toda la temporada. 11 de 21 partidos perdidos ante su gente, poco más hay que decir de este Zaragoza terrible que solo ha sumado 18 puntos de 63 posibles ante una afición que se ha acostumbrado a ver a un equipo horroroso, de perfil muy bajo y que tras unos años de rondar el descenso lo ha acabado consumando por la puerta grande, abriendo las fauces del infierno como farolillo rojo, como merecido último clasificado.
La solidaridad malaguista
Con esos ingredientes, con el descenso consumado hace una semana en Las Palmas, el partido, pese a ser declarado de alto riesgo, no tuvo los componentes del enfado que acompaña a estas citas. Ya estaba todo tan asumido que al bus apenas ni le esperaron aficionados a su llegada. Hubo pitos, algún cántico hacia la directiva, una metáfora porque ahora no hay directiva sino propiedad, y una pancarta de solidaridad malaguista entre los aficionados andaluces mientras su equipo acumulaba ocasiones de gol y marcaba por medio de Chupe pasada la media hora del partido fantasma perpetrado en el Ibercaja por este Zaragoza impropio y de nula capacidad, con la enésima lesión de Rado y los pitos para Pomares a su entrada.
Tras el descanso, el debut de Obón tuvo algunos aplausos, pero no las salidas de Larios, Cumic y Dani Gómez, que devolvió unos aplausos a la grada sin venir nada a cuento para que la pitada subiera los decibelios. El «¡Que se vayan, de una puta vez!», el «¡Jugadores mercenarios!», el «¡Directiva dimisión!» y poco más, como una pancarta en el fondo de animación de Colectivo 1932: «Ni nobleza ni valor, la vergüenza de Aragón». Aplausos irónicos a un tiro al limbo de Kodro y mayores pitos cuando el partido acababa con el despliegue de las fuerzas de seguridad en el campo y junto al palco. El zaragocismo había optado ya por el hastío y la indiferencia en el funesto final para esta pesadilla que acaba con el adiós al fútbol profesional y con el peor momento en la larga historia del Real Zaragoza.
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