“No basta con guardar los informes en un cajón: hacen falta respuestas sostenidas, evaluables y coordinadas”. Así se ha manifestado este viernes Joaquín González-Cabrera, granadino afincado en Oviedo y coautor del estudio más amplio en España sobre la infancia y la adolescencia digital, titulado «Infancia, adolescencia y bienestar digital», promovido por Unicef España, la Universidad de Santiago de Compostela, el Consejo General de Ingeniería en Informática y la Entidad Pública Empresarial Red.es.
Los datos de este informe referidos a Asturias, presentados este pasado jueves, señalan que los niños de la región disponen de teléfono móvil, como media, a partir de los 11 años; que a los 12 ven su primer vídeo porno; que el 2,4 por ciento de los alumnos de los institutos son considerados «jugadores problemáticos» en las apuestas y el juego online; o que el 5,9% presentan un riesgo de suicidio elevado.
Orientar las políticas públicas
“Este informe no nace para alimentar alarmas morales ni para banalizar el problema”, asevera Joaquín González-Cabrera, investigador senior en el Instituto de Transferencia e Investigación (ITEI) de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Y prosigue su argumentación: “El estudio nace para orientar políticas públicas”. Las repercusiones prácticas han de traducirse en “diagnósticos rigurosos, con datos y con instrumentos contrastados, que permitan a las administraciones saber cuál es su realidad y decidir prioridades de intervención”.
A juicio del experto en adolescencia digital, “la única opción que no deberíamos permitirnos como sociedad es no hacer nada”. Los datos obtenidos, señala, “muestran riesgos en salud mental, convivencia, sexualidad, juego, redes sociales y videojuegos”.
Con todo, enfatiza Joaquín González-Cabrera, “Asturias no tiene un problema aislado”. Por el contrario, el Principado comparte con el resto de España “un desafío de bienestar digital que exige políticas generales, coherentes y vertebradas”. Dicho de otra manera: se necesita una batería de actuaciones “capaces de actuar desde la escuela, la familia, la salud pública y la regulación de los entornos digitales”.
El documento «Infancia, adolescencia y bienestar digital» contiene muchas cifras. El investigador de la UNIR hace hincapié en que “detrás de estos porcentajes hay niños, niñas y adolescentes”. Y la publicación del estudio encierra una convocatoria a la responsabilidad: “La obligación ética de quienes investigamos y de quienes toman decisiones públicas es transformar la evidencia en prevención, acompañamiento y protección efectiva para las próximas generaciones”.
Si les cuesta a los adultos…
Por su parte, Javier Manjón González, psicólogo clínico, incide en que, en lo relativo al factor edad, resulta frecuente apreciar “cómo a personas adultas les cuesta controlar el uso que hacen de las pantallas con este tipo de aplicaciones”. Y razona: “Pensar que, donde muchos adultos fracasan, nuestros niños y niñas van a ser capaces de afrontar y controlar esos ámbitos digitales diseñados por especialistas para atrapar y cautivar nuestra atención, parece una suposición cuando menos aventurada”.
La realidad, según Javier Manjón, es que “en ocasiones tenemos a adolescentes usando pantallas durante tres, cuatro, cinco o incluso más horas al día”. A juicio de este psicólogo clínico, “decir que los adultos deberíamos dar ejemplo de buen uso a nuestros menores es aún decir poco”. Y concluye Javier Manjón: “Posiblemente el cuidado de un desarrollo sano de nuestros niños, niñas y adolescentes requiera no solo de medidas individuales, sino de la acción y el compromiso colectivos”.
Mirar más lejos
El también psicólogo clínico Andrés Calvo considera que se impone encender las luces largas para comprender el fenómeno: «El problema actual de muchos adolescentes no puede entenderse únicamente como una ‘adicción al móvil’. Esa lectura resulta demasiado superficial para explicar lo que estamos viendo cada vez con más frecuencia en consulta. Lo que está cambiando no es solo la cantidad de horas frente a una pantalla. Lo que están cambiando son las propias condiciones psicológicas bajo las cuales se construye hoy la identidad, la regulación emocional y la forma de relacionarse con uno mismo y con los demás».
El especialista ovetense se adentra en las entrañas psíquicas de las personas jóvenes: «Un adolescente necesita tiempo y determinadas experiencias emocionales para desarrollarse de forma relativamente sana. Necesita aprender a esperar, tolerar frustraciones, aburrirse, construir pensamiento propio, desarrollar vínculos reales y descubrir quién es más allá de la validación inmediata del entorno». Y añade que, por el contrario, gran parte del ecosistema digital actual «funciona exactamente en dirección contraria» con una «lógica dominante» basada en «la recompensa rápida, la hiperestimulación constante, la comparación continua, la validación externa permanente o la impulsividad».
¿Y cuándo se apagan las pantallas?
Andrés Calvo plantea una interrogante: «Quizá una de las cuestiones más preocupantes no sea simplemente cuánto usan los jóvenes las pantallas, sino qué ocurre cuando desaparecen, qué queda cuando cesa el estímulo, qué capacidad tiene esa persona para sostenerse psicológicamente a sí misma sin necesidad de distracción constante. Ahí probablemente se está jugando una parte importante de la salud mental de esta generación».
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