La manera en que la música urbana ha acabado llevándose por delante no solo a las muchachadas sino a familias enteras en estadios de medio mundo ha sido más sencilla de lo que se decía: bastaba con acudir a los viejos materiales, las percusiones, las cuerdas de nilón y la pegada de los metales. Calidez, tacto, roce físico. Ecos muy carnosos de la salsa brava y los palos tradicionales de Puerto Rico, como los que propulsaron este viernes a Bad Bunny en un concierto portador de fiesta, disrupción cultural y orgullo latino, en el Estadi Olímpic de Barcelona, apertura de la pata europea del ‘tour’ ‘Debí tirar más fotos’ (ante 59.000 personas, cifra de Live Nation).
Espectáculo gigante, disfrutón, con cambios de ‘tempo’, provisto de su doble foco escénico, que comenzó a andar, todavía con luz diurna (y 20 minutos de retraso), a través de un video en el que dos chicos conversaban sobre Bad Bunny en catalán, concluyendo con las “paraules màgiques”, la letra completa de la primera canción de la noche, ‘La mudanza’: “Benito, hijo de Benito, le decían Tito…” Alboroto y pausa dramática con la aparición seca del artista, trajeado, serio, dominador. Y sonó la banda, Los Sobrinos, refinada y exuberante, poniendo a la multitud a celebrar la cadencia salsera, mientras Bad Bunny recorría la crónica del desarraigo de ese tal Benito, tal vez uno de tantos, figura condenada al trasiego migratorio por muy claro que lo tuviera: “De aquí nadie me saca / De aquí yo no me muevo”.
El clasicismo tropical dominó el primer tercio, con ‘Callaíta’ y ese injerto de ‘Caballo viejo’ (el clásico del venezolano Simón Díaz, más conocido como ‘Bamboleo’) y muchos números de la última cosecha, como ese ‘Turista’ donde el ‘Conejo Malo’ hizo de ‘crooner’ a su manera, sobre un manto orquestal de salón señorial. Y las joyas de la corona: ‘Baile inolvidable’, introducida por un sintetizador casi prog-rock, y el grito del barrio de ‘Nuevayol’, celebración de la vibración latina del Bronx, del “shot de cañita en casa de Toñita” y de la herencia de Willie Colón.
En el segundo bloque (tras un video en el que el Sapo Concho, especie puertorriqueña en vías de extinción, posando en el Park Güell, se interesó por el “pa amb tomàquet”), giró la mirada al segundo escenario, al otro extremo del Estadi, donde lucía la casita tradicional de color pastel, muy poblada de amigos y saludados. Ahí se vio a los azulgranas Lamine Yamal, Lewandowski y Gavi, encantados con el giro ‘urban’ que tomó la sesión, con graves gruesos en la arrolladora ‘Si veo a tu mamá’.
Sí, ese tramo en que los padres del lugar hicieron ver que se lo pasaban igualmente pipa, y tal vez fue así, motivos los había, aunque el fatídico reguetón tomara el poder en ‘No me conoce’, ‘Bichiyal’ y la antimachista (y redentora) ‘Yo perreo sola’. Temas que Bad Bunny cantó subido al tejado de la casa. En la última, se sumó Bad Gyal, que completó el mensaje quedándose sola para interpretar uno de sus ‘hits’ de alcoba, ‘Da Me’, desplegando el esplendor de su insondable universo lírico (“me lo entra, lo siento / Pa ese tamaño estoy lista”). Diversión, de acuerdo, y fogosidad, en línea con la de ‘Diles’, en la que Bad Bunny evocó sus “poses favoritas”. Pero no faltó el romanticismo: la voz galante de Charles Aznavour en ‘Hier encore’, resonando en ‘Mónaco’.
La aparición de Los Pleneros de la Cresta en ‘Café con ron’ retomó el hilo conductor tradicional, con más profundidad jíbara, manejando sus percusiones retumbantes. Preludio del tercer acto, de vuelta al escenario principal, donde se sucedieron himnos uno detrás de otro: de ‘La canción’ a ‘Dtmf’, con extra de ritmo crudo y ‘afro’ en ‘El apagón’, canción protesta con base del género de la bomba.
Tras la danza y la algarabía, volvía el mensaje de resistencia cultural por parte de un Bad Bunny imperial y persuasivo, camino de las dos horas y 35 minutos de ‘show’. Difícil discutirle sus pronunciamientos, como cuando proclamó que esa noche, en el Estadi, “todos somos puertorriqueños y puertorriqueñas”, y casi, casi, le creímos.
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