Perder una oportunidad duele, claro. Pero no se mueve el Atlético por Europa en parámetros de oportunidad, sino de necesidad. La Champions no es un anhelo ni un sueño para el equipo rojiblanco, sino una obsesión tallada en su propia identidad a base de dolorosos navajazos de decepción. Una cuestión de vida o muerte. Y en Londres, en el penúltimo escalón hacia su paraíso, Bukayo Saka decretó su defunción.
Será el Arsenal quien dispute en Budapest la final del día 30, ya se verá si contra el PSG o el Bayern, la segunda de su historia tras la que perdió contra el Barça en 2006. Con seguridad, sea quien sea su rival, no será favorito el equipo de Arteta, tras una semifinal competida e igualada hasta el extremo, pero de un nivel futbolístico limitado. Da igual, eso nadie en Londres lo recordará.
Pudo caer de cualquier lado el resultado del Emirates tras el 1-1 de la ida y eso solo magnifica el dolor del Atlético, que se sintió por momentos cerca de la final, al menos de la prórroga. Quizá con 90 minutos de un Julián Álvarez en plenitud física, la historia habría sido distinta. Pero eso ya poco importa y, sobre todo, nada consuela. La semifinal fue el muro de un club al que ya solo le vale el título.
Sin un solo riesgo
La magnitud de la oportunidad, más para dos plantillas no acostumbradas a lidiar con ella, se reflejó desde el amanecer en una férrea voluntad desde las dos mitades del campo de no cometer ni un error, una determinación que el miedo al fracaso tiende a agudizar. El Atlético le susurraba al Arsenal que fuera a por él, que se atreviera a buscarle las cosquillas, y los londinenses rehusaban aceptar la envenenada invitación, temerosos de los contragolpes de su rival.
Al Arsenal, con cinco cambios con respecto a la ida, sin Zubimendi y Odegaard pero con Saka, le faltaba imaginación entre líneas para desarbolar a un Atlético que con Llorente por dentro multiplicaba su omnipresencia en las ayudas defensivas. No ocurría nada de sustancia en el primer tiempo, hasta que sobra la bocina del descanso todo cambió.
Gol sin reacción
Un gran desmarque de Gyökeres propició un desequilibrio defensivo del Atlético, que terminó con Trossard rematando en el área, Oblak parándola como buenamente pudo (la única parada entre ambos porteros en el primer tiempo) y Saka, más despierto que Ruggeri, aprovechando el rechace muerto en el área pequeña. De nuevo, el Arsenal se adelantaba en esta eliminatoria justo antes del descanso.
En Londres, sin embargo, no supieron armar la rabiosa reacción que desplegaron en el Metropolitano, más allá de una ocasión tan clamorosa como aislada de Giuliano. Reclamaron los rojiblancos un penalti de Calafiori a Griezmann, muy claro, pero la sanción de una falta anterior de Pubill que en realidad no era tal anuló la posibilidad de revisión.
La lesión de Julián lo cambia todo
Simeone consumió sus cinco en cambios en un margen de ocho minutos, incluyendo la sustitución de un Julián Álvarez cuyo maltrecho tobillo agotó su crédito pasada la hora de partido. Griezmann, exhausto, tampoco pudo más. Y así, sin sus dos genios, la misión tomaba tintes de imposibilidad para el Atlético.
A partir de entonces, con más piernas y menos talento, los rojiblancos le entregaron su fe al empuje y la irracionalidad, a la referencia de Sorloth para pivotar a su alrededor y a la hiperactividad de Llorente para romper el orden marcial impuesto por Arteta. Ya no hubo nada que hacer, el daño ya estaba hecho y era irreparable. La obsesión permanecerá en Madrid; al Arsenal le aguarda una oportunidad de alcanzar la cima de su historia.
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