El mar de lágrimas en que se convirtió anoche el Ibercaja Estadio y sus inmediaciones subrayaba la trascedencia del momento. Todo era llanto y desconsuelo en torno a un Real Zaragoza que viene anunciando desde hace tiempo que está ante sus últimas horas de vida y que su calvario no tiene fin.Tampoco la de una afición devastada ante el rigor de las desdichas y por la evidencia de una realidad tozuda que señala al conjunto aragonés como un digno merecedor de abandonar el fútbol profesional con toda la justicia que otorga la acumulación de deméritos propios.
Esas lágrimas de Pinilla o Cuenca y de multitud de aficionados entregados al luto en el estadio no eran simplemente una concesión a lo irreversible. El llanto mezclaba impotencia, frustración y una ingente dosis de tristeza y desazón. Fuera, cuando el dolor se transformó en rabia, la afición desató su ira contra ese equipo irreconocible al que solo identifica por ese león que luce en un escudo masacrado y ultrajado.
Se va el Zaragoza, por mucho que la calculadora insista en aplazar el desenlace, sin que nadie haya hecho mucho por evitarlo y entre reproches, insultos y alta tensión entre la plantilla y esa gente a la que prometió darlo todo hasta el final. Eso, precisamente, es lo que más recrimina el zaragocismo a unos jugadores que nunca han transmitido la rasmia, el orgullo y la vergüenza indispensables en la lucha por la supervivencia. Superados por la congoja y el miedo y sin líderes en un vestuario carente de galones, los futbolistas nunca han sido capaces de ese paso adelante para demostrar a su gente que el Zaragoza estaba vivo. Solo las derrotas del Cádiz hacían concebir esperanzas, pero cualquier amago de optimismo concluía cuando el balón echaba a rodar ante la insoportable falta de calidad técnica, física y anímica de un Zaragoza devastado y devastador en el que la agresividad se muestra a puñetazos y en desaires al banquillo en lugar de en la presión alta o en los duelos.
El autocar del Zaragoza, con el escudo manchado por el líquido arrojado por los aficionados tras el encuentro. / PABLO IBÁÑEZ
El mensaje de David Navarro ya no llega, más que nada, porque a este equipo indigno e indecente no le da ni siquiera para mantener en el tiempo cierto grado de consistencia, principalmente mental. Los discursos motivadores hicieron efecto al principio, pero han pasado a ser puro placebo. No es un mal vestuario, de hecho, abunda la buena gente y la falta de malicia, lo cual no tiene por qué ser necesariamente bueno. De hecho, esa bonomía y cierta inconsciencia ante el drama han sido un lastre cuando la cruda realidad ha requerido firmeza, personalidad y narices.
El Zaragoza es un equipo muerto sin argumentos futbolísticos para solicitar el indulto. Bastante clemencia ha tenido ya la pobreza de una categoría en la que la salvación va a ser la más barata en años. Sin embargo, el equipo aragonés solo podrá sumar un máximo de 47 puntos y eso si es capaz de ganar los cuatro partidos que restan, algo quimérico para una escuadra que no le gana a nadie y que cuenta con solo ocho victorias en 38 jornadas.
Todo son lágrimas y un dolor tan agudo que, por tanta dosis acumulada, ya casi ni duele. Jugadores encarados con una afición que ya no puede más y a la que el desconsuelo le lleva a acciones tan reprobables como lanzar piedras al autobús, con el consiguiente riesgo de provocar una desgracia, reproches entre compañeros a la vista de todos o cansinas peticiones de perdón desprovistas de propósito de enmienda advierten de la cercanía de un final de la peor temporada en la historia del Real Zaragoza y el comienzo de un infierno aún peor que el de los últimos trece años.
La salida, por la puerta de atrás, del fútbol profesional se antoja ya solo cuestión de tiempo y eso marcará por siempre a un equipo y a un club indignos de ese escudo que ya no soporta más manchas.
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