Hojeando el periódico The New York Times, magnífico diario, leí una noticia referida al último maratón celebrado en Boston, información que no pude evitar me produjera cierta emoción. Lo más destacado sobre la carrera del 20 de abril ha sido que un corredor llamado Ajay Haridesse se desplomó a trescientos metros de la meta debido al agotador esfuerzo realizado. Esto ocurre con alguna frecuencia a corredores; en estas duras competiciones, debido al sobreesfuerzo, se trata de una carrera de 42 kilómetros. Esto por sí solo no sería noticia, pues entre 30.000 participantes es normal que alguno sufra alguna indisposición, el empeño es considerable. Lo que sí ha sido noticia es que otros dos corredores que participaban y competían en la misma prueba, que sale y regresa a Horkinton Street, Aron Beggs, irlandés y Robinson de Oliveira, brasileño, y que tenían la pretensión de ganar o por lo menos de marcar un buen registro personal, decidieron parar y dedicar tiempo para auxiliar a Ajay que se encontraba tendido en el suelo. Ambos atletas, que ni siquiera conocían a Ajay, compañero que se encontraba desfallecido, le levantaron y cogiéndole por los hombros avanzaron los tres juntos, abrazados los escasos metros que faltaban para llegar al final de la competición. Aron y Robinson tampoco se conocían entre ellos, pero ambos de forma espontánea renunciaron a la posibilidad de obtener un buen resultado con el fin de no dejar a un compañero caído, en el suelo y solo.
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