Las heridas del malditismo no tiene cicatriz posible. Nunca dejan de supurar. Y son el Atlético y el Arsenal dos equipos marcados por un pasado de ilusiones frustradas grabadas a fuego en la piel. A uno de ellos le aguarda un nuevo intento de gloria el próximo martes y esa batalla arrancará desde cero. En la ida, anoche en un Metropolitano que vivió su noche colchonera más importante desde su inauguración, todo quedó en tablas.
Dos penaltis señalados por el pésimo Danny Makkelie escribieron el guión de un encuentro en el que el Atlético fue mejor a los puntos, creciente en la noche su catálogo de méritos frente a un Arsenal al que la temporada se le está haciendo eterna, a años luz de su virtuosismo del otoño. Pase lo que pase en el Emirates, la afición rojiblanca pudo disfrutar del último gran clínic futbolístico de Griezmann en su estadio. Qué desperdicio que el francés se marche en junio a hacer las Américas.
El fútbol europeo había ofrecido 24 horas antes un espectáculo mayúsculo, una de las mejores representaciones de los últimos años. Nadie esperaba lo mismo en el Metropolitano, pues frente al vértigo que caracteriza al PSG y el Bayern, en el estadio madrileño confluían dos conjuntos que han hecho de la solidez y el control su núcleo identitario.
El pacto de lectura del partido consistió durante el primer tiempo en hacer creer al espectador que constantemente estaban a punto de ocurrir cosas, pero nunca terminaban de pasar. El balón iba cambiando de bando constantemente, con intensidad pero sin continuidad. Solo Julián Álvarez en un extremo y Madueke en el otro disrumpían el vaivén desorientado de la pelota.
Así, sin grandes notas al pie más allá de una parada de Raya a Julián Álvarez, se llegó al giro argumental de la trama. Comenzó, precisamente, con una pérdida del argentino que acabó con Gyökeres sumergido en el área. Hancko, muy torpe, empujó ligeramente el sueco, que buscó el suelo tan pronto como sintió las manos del rival. Un ‘penaltito’ al que el colegiado quitó el diminutivo y que el propio Gyökeres transformó en el tanto inaugural de la serie.
El momento del gol, justo antes del descanso, fue positivo esta vez para el Atlético. Permitió que Simeone reorganizara a su equipo, sacrificando a su desacertado hijo para empujar a Llorente a tareas más ofensivas. Casualmente o no, los colchoneros hallaron revancha en un disparo del madrileño que impactó en la mano de White. El pésimo Makkelie no se percató, pero el diagnóstico en el VAR y Julián empató la eliminatoria desde los once metros.
El Arsenal sintió ese gol como si fuera un corte de digestión, mientras Griezmann se sumaba a Julián para optimizar el tránsito rojiblanco, rozando la apoteosis el francés con un disparo el larguero y otro salvado por Gabriel, mientras Lookman lo hacía todo bien menos lo más importante: definir.
El remedio al que recurrió Arteta fue relevar a sus cuatro jugadores de ataque, añadiendo al tocado Saka a la ecuación. Pero su problema estaba unos cuantos metros más atrás, pese a la solvencia de Raya bajo palos. Estaba el Atlético en su mejor momento, mereciendo mucho más, cuando todo se le vino abajo de repente.
Primero, Julián tuvo que irse lesionado, torsionado su tobillo. Después, Hancko cometía su segundo ‘penaltito’ de la noche, esta vez por un toquecito a Eze. Esta vez, el VAR tuvo a bien reclamar al pésimo (disculpen la insistencia) Makkelie y el Atlético se libró. Para bien o para mal, ya no hay quien entienda el uso de esta herramienta.
La secuencia de hechos interrumpió la banda sonora del Atlético, que todavía tuvo una ocasión postrera por medio de Nahuel Molina. Nada iba a cambiar ya un resultado nulo, que conduce la eliminatoria a un desenlace de dolor y gloria en Londres el próximo martes.
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