A todo español atrapado en el desagradable trance de declarar como testigo o acusado en un juicio penal le asiste el derecho al asombro, ante la manera solvente y desprejuiciada en que Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal torearon y por tanto torpedearon a la Audiencia Nacional. En su comparecencia no solo testimonial, sino con el rango de casi imputados, desplegaron tal autoconfianza que el marciano Gurb hubiera decretado que seguían en el Gobierno. Y con mayoría absoluta.
En efecto, alguien tuvo que permitirles esta exhibición campeonísima.
Sin embargo, no se trata de poner el dedo en llagas ajenas, sino de señalar el modelo agotado que ha permitido la exhibición ante los representantes del pueblo de dos pícaros que debieron salir sonrojados, pero que fueron despedidos con ovación y vuelta al ruedo. Con la desgana que ha imprimido a su entera carrera política, Rajoy batió ante el tribunal la marca de «no lo sé» y «no lo recuerdo» de Cristina de Borbón ante el juez José Castro, en la instrucción del ‘caso Infanta’.
El prestidigitador Rajoy dirige la mirada del espectador hacia su dontancredismo, mientras se saca de la manga un truco inverosímil. Claro que recuerda su memorable «Luis sé fuerte«, porque lo ha leído en los periódicos durante años. Sin embargo, se le ha olvidado la muletilla cómplice que añadió en su cariñosa salutación a Bárcenas, «hacemos lo que podemos». Y fuese y no pasó nada, porque en la era TikTok se trata simplemente de sentar a un presidente del Gobierno en el banquillo de los testigos, la lógica o las palabras sirven de relleno.
Cospedal eligió la táctica opuesta a Rajoy. La ex ministra y expresidenta de Castilla-La Mancha se presentó resplandeciente y salió al ataque. No es exagerado afirmar que dirigió su propio interrogatorio, dejando al margen al tribunal y sobre todo a un retén de abogados que parecen haber olisqueado las primeras noticias del ‘caso Kitchen’ esta misma semana. Cualquier programa televisivo de cotilleo preguntaría y dirimiría con mayor solvencia.
En cuanto se vio dueña de la situación, Cospedal deslumbró con la reescritura de su vinculación demasiado intensa y sospechosa con Villarejo. Se presentó como la víctima propiciatoria de un tenebroso Maquiavelo policial, al que se aproximó con primorosos modos pastoriles y sin sospechar que podía ser engullida por el lobuno villano. Nadie acusaría a la exministra de exceso de confianza, pero le endosó esta inocencia a la institución responsable de combatir nada menos que el terrorismo y el crimen organizado.
Cospedal presumió a cada paso de su condición de abogada del Estado, una presunta calidad superior que jamás transmitió a su torpe acción política. Al mando del proceso, rindió homenajes extemporáneos a Rita Barberá o al ministro Fernández Díaz, casualmente sentado en el banquillo. La representación pudo degenerar aquí en un aquelarre de compañerismo del PP de toda la vida.
Lo mejor estaba por llegar. La pretensión de Cospedal de que se encomendó a Villarejo para frenar las filtraciones a la prensa es ridícula, está desmentida por las transcripciones de sus conversaciones y debió ser detenida de inmediato. La prevención de que el testigo debe ajustarse a la verdad no evita reprenderle cuando se aparta de los mecanismos racionales. Instintivamente, la Justicia se cree exenta de reaccionar, fiada a la amenaza que pende sobre la declarante.
Cospedal no rehuyó el tópico de que «todos los periodistas conocían a Villarejo». La condena al fiscal general del Estado en el Supremo ha generado jurisprudencia, y la prensa accede al cargo de responsable penal de todos los disparates políticos. Por supuesto, la exsecretaria general del PP no hubiera entrado jamás en contacto con el fatídico comisario con lo que se supo a posteriori. Cabría recordarle a la jurista que ningún asesinato se comete a priori, salvo en ‘Minority report’ de Tom Cruise.
Las palabras son lo de menos, ahí radica la mayor descalificación del llamado juicio de la Kitchen. Los participantes en la ceremonia parecen salidos de una caricatura de William Hogarth, actualizada si acaso hoy por el inigualable Plantu. De ahí que los entonces presidente y secretaria general del PP pudieran presentarse como si su labor en el partido alfa consistiera apenas en un hobby, al que dedicaban algún rato de asueto.
A nadie le preocuparon las flagrantes contradicciones de Cospedal y Rajoy. El expresidente del Gobierno se conocía al dedillo todas las funciones que no competen a un ministro del Interior, entre ellas y muy principalmente el manejo o control de los fondos reservados. A cambio, desconocía cualquier función del cargo, incluida la memoria de los actos fundamentales de su desempeño. Al igual que a Cospedal, también al político gallego se le permitió exculpar de viva voz a los populares en el banquillo.
Un proceso es una representación, así que Rajoy y Cospedal dieron la impresión de un diálogo pactado. El escenario se hallaba desconectado de una sociedad que tiene derecho a entender, y se conformaba como una bienvenida al desembarco en la justicia de la Inteligencia Artificial, que por lo menos se expresará con claridad.















