Después de más de tres años de decurso judicial, ha empezado el juicio por el llamado caso Kitchen, que no será el único en el que se verán involucrados o acusados los máximos responsables del Ministerio de Interior bajo la presidencia de Mariano Rajoy. Para el jefe, Fernández Díaz, la Fiscalía solicita 15 años de prisión y 33 de inhabilitación como presunto cerebro de la trama, acusándolo de encubrimiento, malversación y delitos contra la intimidad.
Según la acusación, resumidamente, se creó una estructura policial paralela para obstaculizar o difuminar los escándalos de corrupción del PP, y el seguimiento, la investigación y en su caso la persecución de los adversarios políticos, sean del PSOE, de Podemos o de las fuerzas independentistas catalanas. El exministro y sus secuaces lo han negado todo. María Dolores de Cospedal lo ha negado todo. Mariano Rajoy ni siquiera lo niega. Muy probablemente no recuerda quiénes eran el tal Fernández o la tal Cospedal, mire usted. Uno esperaría mejor memoria de quien se sacó las oposiciones a registrador de la propiedad a los 23 años.
Fernández Díaz ha sido uno de los personajes más grimosos de la política española desde la Santa Transición, pero está dotado de tesón, capacidad de trabajo y una discreta ambición que ha sido, desde siempre, lo que más ha ocultado. Aunque nació en Valladolid vivió en Barcelona desde los tres añitos. Nació en la capital catalana por el destino de su padre, un teniente coronel de Caballería en los ejércitos franquistas que terminó siendo subinspector jefe de la Guardia Urbana.
Se convirtió en ingeniero industrial y se sacó unas oposiciones para inspector de trabajo. No tardó en inclinarse a la política. Según un compañero de partido, «a Jorge lo que le fascinaba era controlar procesos y personas, y la política le ayudaba a hacerlo mejor que la ingeniería». El primer cargo que tuvo fue el de delegado del Ministerio de Trabajo en Cataluña en 1978, con Rafael Calvo Ortega en el ministerio. El joven Fernández Díaz le debió mucho y le siguió a la nueva plataforma de Adolfo Suárez una vez finiquitada la UCD, el Centro Democrático y Social, aunque enfocado en la política catalana.
Qué cosas: Fernández Días fue por entonces, a finales de los 90, el derechista moderado en Cataluña frente a Alejo Vidal-Quadras, que quería declarar la guerra a Jordi Pujol. Génova destruyó al segundo y alzó al primero a la presidencia del PP de Cataluña. Poco después era elegido para un escaño en el Congreso de los Diputados, donde pasaría nada menos que 30 años, ocupando tres secretarias de Estado con José María Aznar, dos de ellas, con Rajoy como ministro.
El flechazo entre Rajoy y Fernández Díaz fue instantáneo. Quizás lo que percibió Rajoy fue la austera discreción y la lealtad acrisolada de su subalterno. Rajoy fue un dirigente curioso: solo anhelaba que le comunicaran lo justo. Siempre huyó de la proliferación de comentarios y análisis exhaustivos. Le ponía una tarea a Fernández Díaz y el hombre la hacía sin mayores efusiones verbales. Por eso lo designó ministro del Interior en diciembre de 2011. El nuevo presidente había estado a cargo de Interior un año y medio y no fue una tarea grata; se largó en cuanto le dejaron. Demasiada basura, demasiados riesgos.
En cambio, Fernández Díaz se le antojaba perfecto. Algunos no estaban de acuerdo. Porque de ser un señor de derecha civilizada en los años 80 se había transformado en un integrista de misa diaria. Al parecer fue a principios de los 90, en una visita en Las Vegas (¿qué iría a hacer un sujeto como Fernández Díaz en Las Vegas?) donde se reencontró con Dios, no se sabe si en la ruleta o el bacará. Pocos años después se convirtió en supernumerario del Opus Dei. Nunca ha ocultado su identificación con el catolicismo más integrista y más cebollino. Es un señor (y fue un ministro) que cree firmemente que dispone de un ángel de la guarda. Se llama Marcelo y, según el exministro, igual le ayuda a encontrar aparcamiento que a detener a los malvados que quieren dinamitar España.
Marcelo, como él, nunca descansa. Probablemente el ángel le inspiró eso de que la actividad criminal de ETA y el aborto «eran cosas parecidas». Con el paso del tiempo se ha vuelto más lenguaraz y ha podido contarnos una observación aterradora del fallecido papa Benedicto: «Su Santidad me dijo que el diablo quería destruir España». En cambio, en la sala del juicio, guarda silencio. «De callar no te arrepentirás nunca, pero de hablar, muchas veces», dijo el santo Escrivá de Balaguer. Y Fernández Díaz obedece. Siempre obedece. Su vida (su perdición) ha sido un camino de obediencia.












