Hace unos días, mi hija de cinco años me explicó por qué vuelan los pájaros. Lo hizo con una seguridad absoluta y tirando de esa imaginación, a veces rocambolesca que tienen los niños cuando creen haber comprendido algo pese a quien le pese y caiga quien caiga. Básicamente, andar cansa más que volar y por eso los pájaros decidieron hacer lo segundo. Al escucharla pensé en lo rápido que aprendemos y en lo difícil que es, después, cambiar una idea que ya se ha instalado dentro de nosotros. De eso quería escribir hoy: de aprender y, sobre todo, de desaprender.
Nos hemos empeñado en asegurar que el cerebro adulto es una fotografía fija. Una vez revelada, inmutable. Hoy sabemos que es justo lo contrario. El cerebro humano se reorganiza durante toda la vida. Cada aprendizaje nuevo modifica redes neuronales, debilita unas conexiones y fortalece otras, incluso en personas mayores. A esto lo llamamos neuroplasticidad, y es, sin exagerar, una de las mejores noticias que la ciencia nos ha dado en este siglo. Pero la plasticidad tiene un precio.
Cuando una idea se ha consolidado -da igual si es un prejuicio, una creencia profesional o una manera de hacer las cosas-, el cerebro tiende a protegerla. Es eficaz: ahorra energía. Por eso nos cuesta tanto rectificar. El problema mayor aparece cuando la realidad cambia y nuestras ideas no. Entonces seguimos respondiendo con soluciones viejas a problemas nuevos. Y nos frustramos. Y culpamos al mundo de no comportarse como esperábamos.
Trabajo cada día con docentes, familias y alumnos, en varias comunidades autónomas y observo cómo algunos profesionales, con muchos años de oficio y una vocación admirable, se enfrentan a realidades que en su formación nadie les anticipó: inteligencia artificial en los deberes, adolescentes que aprenden en TikTok, neurodivergencias que hace veinte años ni siquiera se nombraban, familias que llegan a la tutoría con más dudas. No hay manual. No hay receta. Lo que hay es una exigencia nueva, que afecta por igual al maestro, al médico, al agricultor o al periodista: aprender a soltar lo aprendido.
Desaprender no significa olvidar. Es algo más complejo ya que consiste en reconocer que una parte de lo que sabemos ya no sirve, o no sirve del todo, y abrir hueco mental para lo que viene. Esto implica un trabajo costoso: romper automatismos, tolerar la incertidumbre, aceptar el error como parte del proceso y dejarse llevar por la sorpresa. Emocionalmente, implica bajar las defensas. Y eso, a cierta edad, cuesta. Los niños desaprenden con naturalidad porque su identidad todavía no depende de lo que saben. Los adultos, en cambio, hemos construido buena parte de nuestra autoestima sobre nuestros conocimientos y nuestras certezas. Reconocer que nos equivocábamos se vive, casi siempre, como una pequeña amenaza al yo. Por eso preferimos confirmar antes que revisar. Y por eso las sociedades, cuando envejecen, tienden a volverse rígidas.
El siglo XXI no va a permitirnos ese lujo. Vivimos un cambio de época donde avances como la inteligencia artificial están transformando cómo trabajamos, cómo enseñamos y cómo nos relacionamos. Profesiones enteras se redefinirán. Saberes que hasta hace poco eran imprescindibles dejarán de serlo, y otros que ni siquiera tenían nombre ocuparán su lugar. En ese escenario, la persona mejor preparada no será la que más sepa, sino la que mejor sepa cambiar lo que sabe.
Aquí la educación tiene una responsabilidad enorme, y me atrevo a decir que todavía no la ha asumido del todo. Seguimos enseñando a responder y no a realizar preguntas. Seguimos midiendo lo que se retiene y no lo que se transforma, ni tampoco el cómo y por qué lo hace. Seguimos formando, también en la universidad, para un mundo que ya no existe. La escuela que viene debería enseñar a dudar de manera sistemática, a revisar creencias propias y a convivir con el error. En una palabra: debería enseñar a desaprender. Y debería hacerlo pronto, porque el ritmo al que cambia todo lo demás no espera.
Pero no es solo asunto escolar. Lo es también familiar, laboral y ciudadano. Cada uno de nosotros va a necesitar, en los próximos años, reciclar ideas que creíamos inamovibles. Sobre el trabajo, sobre la inteligencia, sobre lo que significa ser útil, sobre cómo envejecer bien en un territorio como el nuestro. Quien se niegue a hacerlo no envejecerá peor: vivirá peor.
Por eso escribo esto. Porque aprender siempre ha sido importante, pero desaprender es, quizá por primera vez en la historia, una competencia de supervivencia. Y conviene empezar a practicarla en casa, en el aula y en uno mismo.
Con humildad. Sin prisa. Pero sin pausa.
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