Víctor García León es una de las mentes más rápidas que he conocido. Inteligente y mordaz, posee una doble filiación, la de su padre en la vida real, José Luis García Sánchez, y la de Rafael Azcona, del que captó su esencia desde que era niño. Víctor viene a Alicante este mes de abril a hablar del cine y la vida en la Casa Bardín, y yo de ustedes no me lo perdería.
Cuando nos encontramos en algún bolo (la última vez en el coloquio que ALMA, la asociación de guionistas organizó en Málaga) él siempre dice lo mismo refiriéndose a mí: «Gracias a este señor soy cineasta. Antonio impulsó mi carrera». La broma se basa en que hace treinta años formé parte del jurado que en Peñíscola decidió que su cortometraje era el mejor. Fue ahí donde recibió el primer premio de su vida.
Es verdad cómo en mi largo viaje festivalero, que abarcó más de dos décadas, conocí de la A de Amenábar a la Z de Zambrano, a toda la hornada de directores que comenzaron a despuntar entre 1990 y 2010. Sobre algunos escribí libros, algunos me dedicaron prólogos (Nacho Vigalondo, Eduardo Chapero-Jackson) y con la mayoría de ellos me une una amistad cómplice.
Por eso no era descabellado pensar que cuando volviese a mi tierra podría convertirme en el Luis Alegre de Alicante. Pero las predicciones fallaron. Entre mis 44 y mis 52 años, cuando estaba en mi mejor momento creativo, permaneció abierta la escuela de cine de Ciudad de la Luz. Abierta para otros. No se me permitió formar parte del equipo del profesorado. Cuando pasan por Alicante mis amigos del cine español no ejerzo de anfitrión. Nadie ha reparado en mí. No digo el socorrido «ellos se lo pierden», puesto que el que me lo pierdo soy yo. Profeta en mi tierra.
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