La inagotable vanidad de los poetas

«…el més gloriós, i alhora el més nefast, dels nostres monarques» refiriéndose con estas palabras a Jaume I, el poeta Carles Fages de Climent,que en muchas vertientes puede resultar un auténtico flipado: «Quin català no du al cor, incrustades, les Illes com un inalienable tresor?» . El testamento del Conqueridor fue un auténtico referente en Europa. En otra ocasión, se puede comentar con la requerida afección y debido respeto por la Historia. Sin pasionales conclusiones, pero con los datos pertinentes. Ahora estamos en la primavera de 1954 y se habían convocado los pintorescos Jocs Florals que conmemoraban los centenarios de Joan Alcover y M. Costa i Llobera. El sr. Fages quedó ex aequo con Jaume Vidal Alcover por un segundo lugar. No hubo dejado atrás las luces de Collserola que «ya vio perfilarse la silueta de Dragonera». Tono tan grandilocuente que incluso afirma que en el trayecto no fue necesaria la invocación de la santísima. En su personal e intrasferible «crónica» tiene tiempo de identificar a algunos hoteleros desaprensivos que establecían precios abusivos. Lo recibieron en el muelle, era su primera vez. Le esperaban el hijo de Joan Alcover y el poeta Guillem Colom con sus mujeres. Eran las ocho de la mañana. No tuvo que pagar finalmente pues fue conducido al palacio de los Fernandell y a sus fabulosas habitaciones del segundo piso. Regaron el banquete con vinos de Felanitx. La comida tan contundente que por la tarde tuvo que salir a caminar e intentó entrar en Can Vivot, pero no era el día más adecuado. Pronto pasaría de «Tamarius i roses» a «cendra i os» para rápidamente llegar al «no temo pas la mort, sinó la podridura».

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