Desde que mis manos van y vienen solas, he dejado de levantarme del sofá. La televisión me informa del estado de ánimo del mundo mientras mi extremidad derecha gestiona mis necesidades básicas. Ayer me apetecieron unos frutos secos, pero me daba pereza ir a buscarlos, así que la mano se liberó de la muñeca con un leve chasquido burocrático, cruzó el salón como un pájaro disciplinado, y regresó con un puñado de pistachos sin cáscara. No me alarmé, pues recordaba haber leído algo sobre un trastorno neurológico -el síndrome de la mano ajena- en el que la extremidad actúa por su cuenta: firma documentos, abofetea a desconocidos o se niega a abrir la llave del gas. En mi caso, la independencia era de carácter servicial. De hecho, fue a por una cerveza más tarde, y a por un kleenex cuando estornudé. Incluso subió la persiana sin necesidad de que se lo pidiera porque el informativo empezaba a resultar sombrío.
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