«¡Chubasqueros, chubasqueros!». A media tarde, de repente y sin previo aviso, comenzó a jarrear sobre Madrid. La llegada de la primavera se reconoce en la capital por estas tormentas y porque el ambiente de las noches de Champions en el Bernabéu toma cuerpo desde las horas previas, a diferencia de lo que ocurre en rondas anteriores. Ni el City de Guardiola, quizá por repetitivo, elevó la temperatura de la Castellana. Tuvo que hacerlo, bajo el aguacero, el Bayern.
Eso, claro está, fuera del estadio. Porque dentro del Bernabéu, ya se sabe, nunca llueve, por mucho que el Bayern pidiera la apertura de ese techo que ya está fijo –dicen que roto, esa es otra historia–. Así que el grito de «¡chubasqueros, chubasqueros!» de los propietarios de los tenderetes que rodean el campo no encontraban eco: ya nadie necesita uno de esos horrendos ponchos de plástico si va a ver un partido al Bernabéu, el lugar donde nunca llueve. Ahí ya no hay negocio.
El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez y el presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, antes del inicio del encuentro correspondiente a la ida de los cuartos de final de la Liga de Campeones que disputan este martes Real Madrid y Bayern Munich en el estadio Santiago Bernabéu, en Madrid. / JUANJO MARTÍN / EFE
Reconciliación en el palco
Quizá eso cambie algún día, porque otra de esas cosas que ya no pasaban en la casa del Real Madrid cambiaron anoche. Aleksander Ceferin, el presidente de la UEFA, regresó al palco del Bernabéu muchos años después, firmado ya el armisticio de la guerra que ha mantenido con Florentino Pérez durante tanto tiempo por la fracasada Superliga.
El odio de antaño se ha convertido, de repente, en risas y confidencias en el palco, como ocurrió con Joan Laporta en el Barça-PSG de otoño. También ese día, por cierto, con derrota local (1-2 ), como si el destino le pusiera precio al regreso de los dos grandes del fútbol español al redil de la UEFA.
Sí, las cosas cambian en torno a este Madrid que no tiene muy claro de dónde viene y a dónde va, cuyo principal plan hace tiempo consiste en que la mística y el escudo le conduzcan, de alguna manera insospechada, a un nuevo alirón. En Múnich, dentro de siete días, buscará dar continuidad a su leyenda de épica continental.

Tchouaméni y Kane. / Oscar J. Barroso / AFP7 / Europa / Europa Press
Sin Tchouaméni en la vuelta
La lógica dice que tener que hacerlo sin Tchouaméni, que cumplirá sanción por acumulación de tarjetas, le resta muchas de las opciones que pueda tener, pero donde mejor se mueve el Real Madrid es en el terreno de la irracionalidad. «¿Esperanza? Siempre!, prometió Rüdiger.
Cambia incluso la relación de la grada con Mbappé, recibido en su momento como el mesías que iba a completar la obra de los profetas que le precedieron, pitado anoche por sus propios aficionados. No de manera generalizada ni insistente, más bien puntual, pero resulta obvio que algo se está rompiendo entre el francés y su afición, por mucho que los goles –como el de anoche– sirvan de analgésico colectivo.
De Neuer a Kane
En el Bayern, por el contrario, las cosas da la sensación de que no cambian demasiado. Ahí está Neuer, con sus 40 años, parando todo lo que le llegó –hasta en el gol se lució–, alimentando la añoranza local por el lesionado Courtois. Ahí está Kane, que constituye una categoría de delantero propia, dando otra masterclass de cómo se juega a esto También permanece imperturbable la pasión de su hinchada, tan apasionada como civilizada, de nuevo en el Bernabéu dando un ejemplo.
Acaso le faltó a este equipo tan bien construido por Vincent Kompany, que debutó en el Bernabéu con un look a caballo entre pescador y rapero, una pizca de la contundencia que siempre atesoró el gigante alemán. Entre todos ofrecieron una copiosa noche de fútbol, con más de 40 remates, que, bien pensado, quizá sí merecía un chubasquero. Aunque en el Bernabéu ya no llueva.
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