El Consejo de Seguridad Nacional de los presidentes norteamericanos estaba compuesto por doscientos cincuenta expertos. Trump lo redujo a su yerno-comisionista-, su amigo Witkoff -promotor inmobiliario-, y al ministro de la Guerra y supremacista blanco, Hegseth, hazmerreír de los militares. Los dos primeros, judíos al servicio del Lobby Judío AIPAC y del sionista y genocida Netanyahu. Sus actividades privadas -forrarse con sus tratos con Emiratos Árabes y Arabia Saudí- eclipsan sus responsabilidades públicas, por lo que la planificación de lo que Trump llama «operación militar»- le falta el «especial» de Putin– parece diseñada por Torrente.
Es probable que lo que quede del régimen teocrático iraní acabe sustituido por una Junta Militar de la Guardia Revolucionaria, todavía más asesina y brutal; y es probable que sean quienes decidan cuándo se acaba esta guerra. Son conscientes que con un dron Shahed de 20.000 euros pueden seguir aterrorizando a los países del Golfo; es decir, a la energía y al mundo entero. Porque esta guerra pivota sobre la enorme dependencia que tenemos del petróleo y del gas. De nada le sirve a Trump su fabuloso ejército, sus bravatas, desvaríos y amenazas a la OTAN. Y los iraníes lo saben. Son un imperio milenario.
No es casual, por tanto, que la diversificación energética española sea motivo de elogios internacionales: Financial Times hace dos semanas publicó que «España era un ejemplo para los países europeos» y Político que «estamos ante una victoria de España, después de que se acusase a la energía verde de ser la culpable del histórico apagón de la Península Ibérica el año pasado. Casualmente, el viernes un informe de la UE emitió un veredicto definitivo sobre el asunto, explicando que se debió a una combinación de factores, no a la dependencia de España de las energías renovables». Muy a pesar de Von der Layen, añado.
Parafraseando parte del aforismo de que «…la energía sólo se transforma», durante el franquismo el gas natural desplazó al carbón y la nuclear alcanzó la cuota del 35%; años después, en el 2000, la energía eólica y la solar suponían el 3% del mix energético, para llegar al 14,6% en el 2010. Zapatero estableció una prima a las renovables que garantizaba un precio superior al del mercado a los productores de cada MWh generado, hasta que Rajoy con el llamado «impuesto al sol» penalizó a quienes generaban su propia energía a través de placas solares.
Teresa Ribera transformó la política energética española y, tras eliminar los frenos regulatorios, las renovables pasaron en siete años del 38% al 56,8% de cuota de mercado. Supuso el cierre de algunas plantas nucleares porque no podían competir con los precios del viento, agua y sol, aunque su contribución al mix siga siendo imprescindible y constituyan el 20% del mix total. A finales de 2025 las renovables suponían el 70,4% de la capacidad total de generación, aportando el 55,5% de la capacidad de producción. Pero llegó el apagón de 2025 y Red Eléctrica Española, conocedora de que tuvo su inicio en las renovables, pero como ha explicado el informe de la UE, fue un problema multifactorial, acordó quemar más gas con el consecuente aumento de la factura. El objetivo: darles tiempo para que pudieran compensar los problemas de tensión que padecieron. Y está funcionando paulatinamente: 74 instalaciones renovables ya están habilitadas para controlar la tensión, 155 ya han realizado las pruebas y 365 han iniciado el proceso. Pero seguirán haciendo falta grandes inversiones. Nada es gratis y el progreso es muy caro. Los chinos no han pasado del ábaco a ser la segunda potencia tecnológica mundial -de momento- por arte de magia. Lo han hecho a base de yenes.
La verdadera inflación que supondrá la guerra del premio Nobel de la Guerra todavía no ha llegado. La empezaremos a notar en abril y mayo. Fomentar las renovables a largo plazo no es sólo una cuestión económica que, teóricamente, debería interesarnos a todos, sino de supervivencia a largo plazo; de frenar nuestra dependencia de actores internacionales que tienen sus propios intereses, diferentes de los nuestros, porque Europa es un trocito muy pequeño del planeta y cada vez pesamos menos.












