Silencio respetuoso en el barrio de Olivares que se iría extendiendo por el resto del casco antiguo de la capital, según avanzara la comitiva. Tras las doce campanadas que resonaron desde lo alto de la iglesia de San Claudio de Olivares, no se volvieron a escuchar más sonidos, salvo el quejido de las matracas y los lamentos del bombardino, banda sonora zamorana en la noche de cada Miércoles Santo.
La procesión de la Hermandad de Penitencia —popularmente conocida como de las Capas Pardas, por su particular indumentaria— es una de las más reducidas en número de miembros de la Pasión zamorana. Tan solo 150 hermanos caminan con su farol de hierro entre las manos, que apenas ilumina el recorrido. La devoción es palpable en su recogimiento, pero especialmente lo fue este año por parte de los tres nuevos integrantes de la hermandad, que habían esperado nada menos que 39 años para poder formar parte de ella.
Desde los años cincuenta
A pesar de que la particular estética de esta hermandad llevara a pensar en un desfile procesional de larga trayectoria, lo cierto es que la primera vez que salió a la calle fue a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, por lo que se encuentra dentro del grupo de cofradías más jóvenes de la Semana Santa zamorana.
Su principal característica es el atuendo, que llama siempre la atención de los que la viven por primera vez: una capa de paño como la que utilizaban los pastores de Aliste para resguardarse del frío.
El paso del Cristo
Igual de sobrio es el paso que cargan en andas, el Cristo del Amparo, una talla del siglo XVIII de madera de pino, con una corona de espino natural sobre la cabeza de esta imagen que se atribuye a José Cifuentes Esteban, de tamaño natural y con un gesto sereno, pues acaba de expirar. El paso está adornado de manera muy sencilla, tan solo con unos cardos al pie del crucificado, junto a la calavera y los cuatro faroles que iluminan tenuemente su rostro.
En el recorrido, tan solo rompe el imponente silencio el cuarteto de viento que procesiona con los hermanos. Con la llegada de la comitiva a la plaza de Fray Diego de Deza —aproximadamente a la mitad del recorrido procesional— se celebró el rezo del Vía Crucis, mientras el desfile seguía avanzando, para continuar por las calles del casco antiguo Obispo Manso, plaza de Antonio del Águila, Puerta del Obispo, cuesta del Obispo, Trascastillo, Santa Colomba y Rodrigo Arias, para finalizar en el templo de salida, donde los que quisieron acompañar a recoger al Cristo del Amparo disfrutaron del Miserere Castellano, sintonía final de una noche de recogimiento.
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