Es difícil describir lo que Rosalía ha montado en Madrid. No ha sido un concierto al uso. Había tantos estilos, tantas referencias, tantos instrumentos, tantas pulsiones que, pese a la complejidad de digerirlo en 100 minutos, ojo, la conmoción sigue latente. La catedral sonora que ha levantado en el Movistar Arena es única. No hay algo parecido en todo el mundo. Y ella lo sabe. Por ello, con la inteligencia que la caracteriza, tan radical, no ha escatimado en detalles. Hasta un botafumeiro ha desplegado para ilustrar su ascensión. Es la primera vez que presentaba Lux en España. Y, claro, tras la indisposición que sufrió en Milán, su resurrección ha sido gloriosa. En plena Semana Santa. Y con la procesión de las Siete Palabras pateando el centro. Su música bien podría haberla acompañado. Aunque, bueno, dada la sublime Eucaristía que ha protagonizado, la Todopoderosa es ella. Rosalía está hecha de un material pocas veces visto en un escenario.
El giro que ha emprendido con su último elepé la ha obligado a rediseñar sus espectáculos. A diferencia de la era Motomami, ahora el foco está sobre la orquesta Heritage que la escolta. Una treintena de músicos que ha impregnado sus canciones de un hálito celestial. Nada más entrar en el recinto ha quedado patente: a la espera de que Rosalía saliera, podía escucharse cómo afinaban. Lo que ha sentado las bases de un show que ha tardado 20 minutos en arrancar. Con una voz angelical ha paladeado Sexo, violencia y llantas, poniendo en trance al público a la primera estocada. Vocalmente sublime, ha dejado boquiabierta a una multitud que la ha acompañado en los coros hasta el final. Apenas, había móviles arriba. Es tal devoción que despierta que, a diferencia de otros artistas internacionales, no daremos nombres, ha logrado mantener la atención durante toda la velada. En parte, gracias a un repertorio de alto vuelo que no deja indiferente.
Concierto de Rosalía en el Movistar Arena de Madrid, gira Lux / Pedro del Corral
Mientras desmenuzaba la portentosa Reliquia y la divina Porcelana, el decorado emulaba el reverso de un cuadro, como si quisiera mostrar la trastienda de su creación. Ha bailado de puntillas, rodeada de los bailarines del colectivo francés (LA)HORDE. Cada movimiento estaba pensado para resaltar su mensaje. Una precisión que, lejos de restarle autenticidad, ha dado a su interpretación el puntito justo de teatralidad. “Estoy muy feliz de estar aquí. La semana pasada estaba delicada de salud, pero me he recuperado. Adoro volver a Madrid. Es una ciudad a la que quiero mucho. Me siento muy agradecida por esto.”, ha comentado Rosalía, que repetirá el 1, 3 y 4 de abril en la capital. No quedan entradas para ninguna fecha. Como tampoco para las de Barcelona: 13, 15, 17 y 18. Ocho conciertos que son la antesala de una gira que la llevará por 17 países.
Tras abrazar lo trascendental, ha tocado tierra. Y lo ha hecho con la mastodóntica Berghain. Inspirada en El aquelarre de Goya, Rosalía ha firmado una de las estampas más inolvidables de su trayectoria. La turbulencia que ha desatado con esta particular rave ha aupado a un gallinero hasta entonces anestesiado por su credo. Ahora sí, de pie, con los brazos en alto, ha repasado sus grandes éxitos: Saoko, De madrugá, La fama, La combi Versace… han sonado contundentes, con unos arreglos orquestales que los han terminado de rematar. Una producción que hubiera sido interesante oír en los temas de El mal querer, su segundo elepé, el de Malamente, pero la artista ha preferido no rescatar ninguno. Y, de Los Ángeles, su debut, sólo El redentor. La forma en la que lo ha interpretado, tan solemne, tan cruda, la ha reivindicado como una de las autoras más carismáticas de la industria. Un poder de atracción sólo a la altura de Madonna y pocas más.
Siempre implacable
Su autenticidad se ha saldado con 200 nominaciones y 80 premios, entre ellos el Grammy, el Billboard y el MTV. No obstante, no hay mayor galardón que contar con una masa que responde al unísono ante cualquier movimiento. Ahí están las cifras: el día que lanzó Lux, marcó un hito con 42 millones de reproducciones en Spotify. Un álbum en el que, además, no es baladí, refuerza su búsqueda constante de universalidad. “Os gusta el mambo, Madrid. Y el flamenco. Y todas las músicas. No me voy a olvidar jamás de esta noche”, ha dicho emocionada. Está en el pico de su carrera. Y, obviamente, a pesar de todas las mieles, la presión es absoluta. Quizá, por ello, cuando se ha bajado de las tablas en Dios es un stalker, era imposible quitarle la mirada. Se ha mostrado cercana, agradecida. Se le intuía cierto nudo en la garganta.
Si bien el espacio era gigantesco, ha habido momentos para la intimidad. Y no sólo en los tempos más calmados: cada título ha sido una invitación a sentirse realizado. La rumba del perdón es un buen ejemplo: «Al que no tiene sangre metida en las venas primero viene el veneno y luego la pena». Un gancho directo al corazón. El magnetismo que habitualmente emana no ha desaparecido por mucho que se pusiera sentimental. Al contrario: le ha dado ese carisma que sólo las grandes divas pueden lucir con independencia de los acordes. Lo que ha dejado claro una realidad incontestable: Rosalía sólo se necesita a sí misma para brillar. Ahora bien, su respeto al dirigirse a la gente ha vuelto a corroborar su el valor que les da. Es una estrella a la tierra plantada. Da igual el derrotero por el que tire, su duende siempre acaba haciendo acto de presencia. Para prueba, el colofón.
‘Magnolias’ al aire
Tras el confesionario que ha recreado con Esty Quesada durante su versión de Can’t Take My Eyes Off You, de Frankie Valli, se ha adentrado en un intermezzo personalísimo, donde ha desplegado el comentado botafumeiro en CUUUUuuuuuute. Junto a la banda, ha ido haciendo y deshaciendo a su antojo lo que consideraba. Con poco margen de improvisación, pero implacable. Este juego entre lo minimalista y lo maximalista ha dado dinámica a un concierto que, con Bizcochito y Despechá, sobre todo, ha subrayado su don para medir los tiempos. Nadie lo hace como ella. Siempre prendiendo la chispa en el instante adecuado. Ha estado íntima y barroca. Altamente adictiva. Y, por supuesto, gracias a ese aliento flamenco que tan bien la identifica, faraónica. Una ofrenda que ha terminado con Magnolias al aire, devolviéndola al cielo del que ha descendido. Rosalía, por dios.













