«Había algunos flecos de diseño de lo que es la finalización del semisoterramiento hasta la propia estación«. No suman ni una veintena de palabras, pero en boca del alcalde de Alicante, el popular Luis Barcala, esa frase ha provocado un terremoto político a nivel municipal por ahora de mediana intensidad, pero a su vez de consecuencias todavía impredecibles. Tiempo al tiempo.
Tanto que, vistas las derivadas que estaba tomando el asunto, ante una afirmación que echaba por tierra el tan prometido soterramiento de las vías para que la ciudad recuperase totalmente unos terrenos necesarios para la construcción del Parque Central (con sus zonas verdes y sus viviendas), el propio regidor se vio obligado a rectificar, uno de los verbos que peor conjugan los políticos, y más en estos tiempos de constante hipérbole. Lo hizo, eso sí, cinco días después de generar el revuelo, lo que da que pensar.
Entonces, a través de un comunicado por escrito, Barcala aseguraba el pasado martes que «hablar de semisoterramiento» era «impreciso», a la vez que añadía que el término, elegido por él durante una entrevista amable, en la que no se le vio presionado, «no se ajusta al proyecto que pronto conocerán los alicantinos con todo detalle«.
El alcalde se refería así al diseño de un proyecto vertebrador, de los que cosen heridas por las que aún supura una ciudad que lleva décadas a la espera de su ejecución. En ese comunicado para reconocer su supuesto error al hablar de «semisoterramiento», incluía explicaciones con aroma eufemístico. «La continuidad del Parque Central, desde la Vía Parque hasta la plaza de la Estrella está garantizada«, el Parque Central se contempla «como una gran superficie verde continua y lineal» o la propuesta de «integración soterrada del ferrocarril se considera técnicamente la más idónea, con una diferencia de cota de casi nueve metros entre los barrios que deben conectarse e integrarse transversalmente, que permite que las vías queden ocultas».
Ante la necesidad de desligarse de aquella palabra que le ha perseguido en la última semana («semisoterramiento»), un solo un día después del comunicado de rectificación y en un difícil momento por el escándalo de las viviendas protegidas de Les Naus, Barcala publicó un vídeo en redes sociales, insistiendo en la misma idea. «Lo que vamos a presentar es el soterramiento completo«, subrayó el alcalde, que aún no ha respondido ni una sola pregunta al respecto.
Muro de la vergüenza
Por ahora, más allá de expresiones que parecían naturales y rectificaciones prefabricadas, los alicantinos siguen sin conocer el proyecto acordado por las administraciones implicadas (Ayuntamiento, Generalitat, Adif y Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible) para supuestamente acabar con el muro de la vergüenza: las vías que siguen separando barrios enteros, que suponen una barrera infranqueable para miles de personas en Alicante superado el primer cuarto del siglo XXI. Ese diseño se anunció en julio de 2025, pero Barcala pidió más tiempo. Se volvió a agendar en febrero de 2026, pero el trágico accidente ferroviario de Adamuz obligó a posponer la cita. Y hasta hoy.
El ministro, en ese cruce de palabras del alcalde consigo mismo, no ha dicho nada. Se ha mantenido en un silencio sospechoso, dado el perfil que Óscar Puente se ha labrado en los últimos años: basta con ver el conflicto por los Cercanías de València en Fallas o por la alta velocidad a Málaga en Semana Santa, por hablar de dos polémicas recientes sobre las que sus explicaciones han llegado con la determinación que le caracteriza.
Imagen aérea de la zona previa a la llegada de la alta velocidad a Alicante, con la estación entre viviendas / RAFA ARJONES
Sobre Alicante, una tierra que ya no le resulta ajena por motivos personales, Puente ha optado por el mutismo más absoluto, por ahora. Sólo él sabe si por esa relación de amistad trazada, para sorpresa de muchos, con un Barcala que ya ha deslizado detalles del proyecto en defensa propia y que ya acusa al ministerio del retraso en presentar el diseño o por la escasa presión vecinal por ese letargo en el que vive instalada la capital, que tanto aire da a los políticos, con independencia de su ámbito de acción.
Poner rostro
Con todo, Alicante merece poner rostro al añorado proyecto. Sin los detalles, resulta imposible tomar posición. Todo apunta a que el diseño será un reflejo, en lo que respecta a las vías, del que se iba a presentar en julio. Eso sí, llegará (si llega) casi un año después. Y, vista la reacción en el Ayuntamiento, da que pensar que el modelo en el que se ha trabajado se aleja de lo que cualquiera entiende por un soterramiento convencional de vías del tren, como el que se ejecutó en ese mismo ámbito con motivo de la llegada de la alta velocidad a la ciudad. También los tiempos han cambiado.
Otro motivo de sospecha respecto al soterramiento clásico llega desde Granada, donde el gobierno local, del PP, ha aceptado un soterramiento «low cost», conocido en lenguaje de Adif como «integración ferroviaria» (pasando de 760 a 230 millones y a la mitad en tiempo de ejecución), para desbloquear otra demanda histórica de la capital nazarí. O el propuesto por el Gobierno central en Valladolid, donde otras cuestiones (como la rivalidad política en tierra natal del ministro) hacen inviable un acuerdo.
En Alicante, por ahora, a poco más de un año de la fecha tope prometida por el gobierno de Barcala para la simbólica colocación de la primera piedra, el diseño del Parque Central sigue siendo el secreto mejor guardado. Todo un desconocido. Una información reservada para la estrategia política. Y eso que no es una iniciativa más, sería un proyecto para empezar a compensar tanta deuda del Gobierno con Alicante, una oportunidad histórica que tiene que ser presentada cuanto antes en sociedad, poniendo las cartas sobre la mesa, para conocer toda la verdad (la técnica y la política) en torno al proyecto. Parece que será así, que se conocerá el diseño, pese a las dudas generadas por esos temores que aparecen cuando apuntan los focos. Falta ver cuándo, dónde y cómo.
A partir de ahí, entrarán otros factores determinantes para una traslación tan compleja (del papel a la realidad), probablemente muy condicionada por las urnas, y más si en la ecuación electoral se mantiene Barcala. Aunque para llegar a ese río, faltan todavía muchos puentes.
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