En marzo de 1976 Argentina se debatía en una grave crisis económica, política y de seguridad, acentuada por la inexperiencia de su presidenta, María Estela (Isabelita) Martínez de Perón, que heredó el cargo tras la muerte de su esposo, el general Perón, el 1 de julio de 1974. El gobierno trató de implementar un durísimo plan de ajuste que incluía una devaluación de la moneda del cien por cien y la congelación salarial, con efectos devastadores para las clases más humildes.
Además, se habían multiplicado los atentados de la guerrilla (Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo) y de los paramilitares, especialmente de la Triple A, promovida por el hombre de confianza de la presidenta, José López Rega. En un país que desde 1930 había sufrido cinco golpes de Estado, el de 1976 parecía casi inevitable.
De hecho, hubo significativos avisos. Los más graves se produjeron a finales de 1975. Ese año, el 18 de diciembre, el sector ultranacionalista de la Fuerza Aérea se sublevó y llevó a cabo un fallido intento de golpe. Varios aviones ametrallaron la Casa Rosada, aunque la rebelión fue repelida.
Pocos días después, el general Jorge Rafael Videla impuso un ultimátum de 90 días al gobierno para que «ordenara» el país y el 29 de diciembre monseñor Servando Tortolo se reunió con Isabel Perón para pedirle en nombre de Fuerzas Armadas que dimitiera. El 24 de marzo, el golpe resultó imparable.
A diferencia de la asonada chilena de 1973, Argentina no contó con un espadón como Pinochet. La Junta Militar que derrocó la democracia la integraban los comandantes en jefe de los tres ejércitos, el general Videla, el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti.
El historiador Carlos Malamud (Buenos Aires, 1951), Investigador Principal para América Latina del Real Instituto Elcano, además de autor del imprescindible Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983) (Libros de la Catarata), explica que el propósito de los militares era refundar el país ante el desborde de la violencia y la crisis: «Sí, era mesiánico y regeneracionista. Se da la circunstancia de que el 24 de marzo de 1976 la guerrilla estaba prácticamente derrotada y el paramilitarismo fue absorbido por el aparato represivo de las FF. AA. La otra causa era efectivamente la crisis económica».
El profesor Malamud destaca también que el golpe se produjo con un amplio respaldo político y social, «y con la complicidad de una parte del empresariado (especialmente el más vinculado al capital internacional y al sector financiero), de la Iglesia católica (comenzando por la Conferencia Episcopal), de un sector de la prensa y de los partidos políticos, incluyendo parte del peronismo. Incluso el Partido Comunista Argentino, por indicación de la Unión Soviética, entonces importador de cereales argentinos, apoyaba a Videla», subraya.
«Incluso el Partido Comunista Argentino, por indicación de la URSS, apoyaba al general Videla». Carlos Malamud
En cambio, aunque los golpistas intentaron obtener el respaldo del gobierno estadounidense, según Malamud «a veces lo lograron y otras no. Con el gobierno de Jimmy Carter, por ejemplo, la relación fue muy tensa. Los excesos represivos y las desapariciones eran una constante fuente de conflicto con EE. UU. Y a diferencia de Chile, no hubo una implicación directa de la CIA en el desarrollo del golpe».
El historiador Eduardo Sacheri (Castelar, 1967), que tenía 8 años cuando cayó la democracia, recuerda que entonces vivía en un pueblo cercano a Buenos Aires, «en un ambiente propio de esa clase media próspera que caracterizó a la Argentina durante buena parte del siglo XX» y que en ese entorno «el golpe no fue recibido con demasiada aprehensión».
Por eso, «la sociedad argentina, excepto quienes conocían casos de desapariciones de primera mano, creyó cándidamente, al principio, que el ‘orden’ tradicionalmente asociado a la presencia de los militares (un tópico frecuente en la cultura cotidiana de la época) estaba solucionando ese anterior clima de violencia».
En cambio la escritora Clara Obligado (Buenos Aires, 1950), que precisamente estos días lanza Exilio (Páginas de Espuma), comenta que ese 24 de marzo estaba caminando con un amigo por la avenida 9 de Julio: «Era muy tarde, y conversábamos sobre la situación. Éramos estudiantes universitarios, y ya el clima estaba muy difícil. Entonces vimos que de los camiones bajaban los periódicos que se iban a repartir por la mañana. Decían, con letras enormes, ‘Golpe militar’. Poco después, vimos tanques por las calles».
«La sociedad argentina creyó cándidamente que los militares estaban solucionando ese anterior clima de violencia». Eduardo Sacheri
Sin embargo, pocos intuyeron el horror que les acechaba, porque desde el primer momento la Junta Militar decidió eliminar a quienes consideraba opositores políticos, y para ello creó centros clandestinos de detención en todo el país, como la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) y el centro clandestino de detención La Perla, en Córdoba.
Sin embargo, no se trataba solo de secuestrar, torturar o matar: lo que la Junta pretendía era borrar cualquier señal de que los opositores habían existido, de ahí que muchos fuesen arrojados vivos al océano desde aviones en verdaderos vuelos de la muerte.

El ejército argentino en el ‘Operativo Independencia’ para desarticular al ERP en Tucumán en 1975
Uno de los episodios más terribles de esta despiadada represión sucedió el 16 de septiembre de 1976 en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Esa noche de terror (la de los lápices, se denomina) y los días posteriores, diez estudiantes menores de 18 años de la Unión de Estudiantes Secundarios fueron secuestrados y torturados y seis de ellos asesinados sin que hasta el momento se hayan encontrado sus restos. Su delito, considerado subversivo, fue haber pedido al Ministerio de Obras Públicas, en 1975, que el billete de autobús tuviera descuento estudiantil.
En ese clima, quienes eran enemigos de la dictadura militar solo tuvieron dos opciones: el exilio o la clandestinidad. Patricio Pron (Rosario, 1975), hijo de activistas, asegura que junto a ellos conoció «los nombres falsos y el terror, cuyos efectos en una persona –en especial cuando se es tan joven– nunca se disipan del todo».
«Vimos que de los camiones bajaban los periódicos. Decían, con letras enormes, ‘Golpe militar’. Poco después, vimos tanques por las calles». Clara Obligado
Por su parte, Leila Guerriero (Junín, 1967) no ha olvidado aún «cómo el clima de miedo, de represión y de oscuridad se percibía por todas partes. Los contenidos de, por ejemplo, los libros de historia estaban completamente manipulados. El temor se percibía en todo».
Aunque miles de intelectuales y creadores optaron por el exilio, hubo quien prefirió permanecer en Argentina, como Ernesto Sabato, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, de quien se dice que jamás obtuvo el premio Nobel por su célebre foto abrazando al general Videla. El poeta Marcos-Ricardo Barnatán (Buenos Aires, 1946), discípulo y amigo del creador de El Aleph, puntualiza que aunque Borges en un principio apoyó el golpe por su antiperonismo, «pronto denunció los crímenes».
Barnatán, que vivía en España desde 1965, ayudó a muchos amigos, familiares y creadores «que huían de los secuestros y asesinatos posibles. Una de mis labores de aquellos días siniestros fue llevar a los periódicos (El País, ABC, etc.) una lista de los escritores desaparecidos, entre los que estaba mi profesor Haroldo Conti. Porque la dictadura militar del 76 no fue como otras sufridas por la Argentina, fue la peor, la más feroz, la más sangrienta, la más traumática«.
A pesar del miedo, en abril de 1977 un grupo de madres de algunos de los secuestrados por la Junta comenzaron a manifestarse en la Plaza de Mayo reclamando su libertad o al menos saber su paradero o el de sus restos. Y hallar a sus nietos. Con sus pañuelos blancos en la cabeza, las Madres de la Plaza de Mayo comenzaron a dinamitar al régimen y se convirtieron en símbolo de la resistencia contra los milicos.
Según Barnatán, aunque Borges en un principio apoyó el golpe militar por su antiperonismo, «pronto denunció los crímenes de la Junta»
También el Mundial de fútbol disputado en Argentina en 1978 fomentó que el mundo entero cuestionara celebrar ese evento bajo una dictadura tan implacable. Pero el golpe definitivo contra el régimen lo promovió, paradójicamente, la propia Junta, al invadir el 2 de abril de 1982 las Islas Malvinas.
Si, como explica Malamud, «al principio la invasión generó una amplia y profunda corriente nacionalista de fervor popular, rápidamente se vio frustrada por la derrota y el nivel de incompetencia de las FF. A.A. La deslegitimación de los uniformados y los ajustes de cuentas internos aceleraron el fin de la dictadura, lo que ya se intuía con anterioridad a la invasión dado el incremento en la actividad política, sindical e incluso cultural. Comenzaba así la transición a la democracia, con mínima capacidad de los militares de condicionar el rumbo de los hechos, más allá de intentar no ser incriminados por sus crímenes».
La rendición el 14 de junio de 1982 aceleró el final. El general Galtieri, cara visible de la derrota, tuvo que dimitir y el Ejército designó como presidente al general Bignone, que anunció que traspasaría el poder en 1984 a un gobierno civil. Todo terminó el 30 de octubre de 1983, con las elecciones que dieron el triunfo a Raúl Alfonsín.
El informe ‘Nunca más’, encargado por Alfonsín a un grupo de personalidades de la cultura presidido por Sabato, sobrecogió al mundo, al descubrir 340 centros de detención clandestinos en todo el país, y los más de 30.000 desaparecidos, una cantidad ingente comparada con los causados por las dictaduras de Brasil (125), Uruguay (144) y Chile (1.000), al menos según el prólogo de la edición del informe. Además, a pesar del clima de reconciliación que, según Barnatán, reina hoy en Argentina, hay quien asegura que las consecuencias del golpe llegan a nuestros días.
«Desde luego –proclama Pron–, queda la política económica de la dictadura, que casi ningún gobierno democrático argentino posterior se ha atrevido a tocar. Y queda el odio al otro, que es el mismo que preside el gobierno actual con solo una diferencia importante: como afirma Pilar Calveiro, ya no se trata de matar a buena parte de la población, sino de dejarla morir. De hambre. De desesperación. De enfermedades prevenibles. Toda la política de la dictadura consistió en hacerlo. Y la destrucción de la idea de un país con más derechos para más personas, incluyendo los ancianos, los jóvenes pobres, los trabajadores y las mujeres, que es lo que vivimos estos días, es la continuación de esa política».













