El fútbol también se construye con afectos. Con rivales que, con el paso del tiempo, dejan de ser enemigos para convertirse en recuerdos compartidos. Algo así ocurría con Enrique Castro, Quini, el querido y legendario goleador asturiano, un caballero del deporte que siempre miró a la UD Las Palmas con un respeto especial, casi con cariño.
El Brujo fue un delantero de instinto puro. De esos que aparecían donde caía la pelota, como si el gol lo estuviera llamando. A lo largo de su carrera le marcó 14 goles al conjunto grancanario. No fueron pocos. En total disputó 28 partidos oficiales frente a Las Palmas y dejó su firma goleadora repartida entre dos camisetas: 12 tantos con el Real Sporting de Gijón, rival mañana de los insulares en el Estadio de Gran Canaria, y dos con el FC Barcelona.
Hubo incluso una tarde especialmente feroz en Estadio El Molinón. Fue en 1975, cuando Quini firmó un hat-trick en un 3-0 del Sporting frente a los amarillos. Eran los años en los que el asturiano dominaba el área con una naturalidad asombrosa. Su último gol contra Las Palmas llegaría mucho después, ya veterano, en la temporada 1985-86. El tiempo había pasado, pero el instinto seguía intacto.
Quini y Benito, junto al trío arbitral, en un UD-Sporting en el Insular en 1985, un choque que ‘El Brujo’ recordaba con cariño (1-3). / LP/DLP
Sin embargo, la historia entre Quini y Las Palmas no terminó con su retirada. El fútbol, a veces, regala segundas vidas a sus protagonistas. Ya como delegado del Sporting, cuando el equipo se entrenaba en las instalaciones de Mareo, allí estaba siempre el Brujo, atento a todo, pendiente de cada detalle. Cercano, amable, dispuesto a ayudar.
Cuando viajaba a Gran Canaria, le gustaba recordar aquellos memorables partidos en el Estadio Insular. En el despacho del histórico delegado amarillo Benito Morales había una fotografía especial: los dos aparecían juntos, cada uno con el brazalete de capitán, en uno de aquellos duelos intensos entre Las Palmas y Sporting. Quini la miraba con nostalgia y sonreía.
«Ese partido lo ganamos 1-3; yo marqué dos goles y Mesa hizo el otro», recordaba el Brujo 31 años después. La imagen pertenecía al encuentro disputado el 31 de agosto de 1985. Aquella noche, el gol de la UD Las Palmas lo firmó Benito, como un destello amarillo en medio del recuerdo.
Entre sus debilidades futbolísticas había una muy clara: Juan Carlos Valerón. El talento silencioso del Mago de Arguineguín le fascinaba. En una de sus últimas visitas a la Isla le pidió algo que parecía más un gesto de aficionado que de leyenda: una camiseta firmada y una foto. «Es para mi museo», comentó con humildad. «He visto pocos futbolistas con la calidad de Valerón», afirmó.
El fútbol le debe todo a Valerón. En algún momento debería ser embajador de Las Palmas, de LaLiga o del Deportivo, porque El Flaco impregnó de magia cada rincón de Riazor. Sería lo más justo, sin duda.
La imagen de Quini y Valerón quedó inmortalizada el 16 de abril de 2016, el día de un empate 1-1 que apenas importa ya en la memoria. Porque aquella fotografía terminó siendo algo más que una simple instantánea: era el encuentro entre dos maneras de entender el fútbol. El Brujo y el Mago. El gol y la elegancia.
Dos leyendas con el balón y de una calidad humana infinita unidas por el respeto, por la admiración y por ese hilo invisible que únicamenete el fútbol sabe tejer con el paso de los años. Gracias a los dos.
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