Cuando era pequeño, la proximidad de mi cumpleaños iba acompañada de una plegaria extraña: que mi familia se olvidara (lo que tampoco era difícil: mis padres tenían nueve hijos). No se trataba, pienso ahora, de un deseo ingenuo. Contenía una ingeniería emocional un poco diabólica. El olvido ajeno me permitiría habitar una desgracia reconocible, casi cómoda, y además me concedería un crédito moral para el reproche posterior. El dolor anticipado ya contenía su compensación. La herida, antes de existir, traía consigo la cura. Con los años he entendido que aquella plegaria no buscaba tanto el placer masoquista del olvido (aunque también) como la comprensión de la importancia del recuerdo. Quería verificar que el afecto, para existir, necesita ser demostrado. El cumpleaños, con la liturgia mínima de aquella época – una vela, un modestísimo regalo, un “felicidades”, un beso-, era el experimento perfecto: si nadie se acordaba, fallaba algo esencial, había en realidad una grieta gracias a la cual (eso también es cierto) yo ganaba un relato. Ser desgraciado por una causa concreta ofrecía una forma de identidad.
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