Cuando las malditas armas sobresaltan estos días a la población civil de Irán, me anima el deseo irresistible de evocar algunas de las imágenes que me dejó grabadas en la memoria y el corazón la antigua Persia en un viaje realizado en el otoño de 2017 con un grupo de la Cátedra (hoy Centro) Intergeneracional de la Universidad de Córdoba encabezado por el sabio catedrático amigo Juan Francisco Rodríguez Neila. Íbamos dispuestos a conocer las «maravillas de Persia», como la agencia Viacor vendía el programa de doce días.
Desafiando la sorpresa de algunos familiares y amigos («¿que vais a Irán?, ¿pero estáis locos», preguntaban, confundiendo quizás Irán con Irak). Aquel viaje fantástico lo podría resumir en dos palabras: arte y sonrisas. El arte manifestado en mezquitas, palacios, museos y conjuntos arqueológicos, y sonrisas de un pueblo acogedor y hospitalario, a lo que habría que añadir una pujante artesanía y una exótica gastronomía. Y dodo envuelto en un clima de tranquilidad y una sensación de seguridad. Salida de Málaga con escala en Estambul y aterrizaje en Teherán desde donde, tras conocer los tesoros de la capital del país, dibujamos una ruta de 1.500 kilómetros en un autobús que nos llevó sucesivamente a Kashán, Abyaneh, Isfahán (¡oh, Isfahán!), Naín y Shiraz. Nos enfrentábamos con expectante curiosidad a un país de Oriente Medio poblado por 75 millones de almas con una extensión de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, trece veces y pico España.
Antes de abandonar el aeropuerto internacional Imán Jomeini ninguna señora -mayoría en el grupo, como suele suceder- eludió la obligación de colocarse el pañuelo para cubrir la cabeza, impuesta por el régimen de los ayatolás (‘señal de Dios’). Pañuelos de colores, eso sí, frente a los de color negro adoptados por las iraníes, que subrayaban la belleza morena de unos rostros maquillados con esmero y primor.
Nos llamó la atención que muchachas bellísimas se dejaran fotografiar por los asombrados turistas cordobeses e incluso que se acercaran, móvil en mano, pidiéndonos fotografiarse con nosotros, y viceversa, a medida que ganábamos confianza. De la foto se pasaba al diálogo, chapurreando inglés, deseosas de saber algo más del mundo exterior del que procedíamos. Fue una grata experiencia aquella comunicación personal entablada espontáneamente en calles y plazas. Irán era y es el imperio de las cerámicas vidriadas y decorativas revistiendo mezquitas y palacios; son cerámicas policromadas, con predominio del azul y el verde, aunque sin descartar los rosas ni los amarillos, formando dibujos geométricos, vegetales e inscripciones en elegantes letras cúficas, en alternancia con mocárabes y alvéolos que cubren muchas bóvedas; una exhibición de refinamiento oriental.
La extensión de este artículo no permite recrearse en muchos detalles de tan fascinante viaje, pero al menos, intentaré enumerar una serie de lugares y momentos que me dejaron huella. Un atardecer en la gran plaza del Imán, en Isfahan, con sus mezquitas del Imán y Sheikt Lotfollah abiertas al público, como todas, y el palacio Ali Qapu, mientras las familias compartían pínics vespertinos al borde del gran estanque. Los puentes Sio Seh y Khaju, sobre el río de Zayabdeh, entonces seco, recorridos por galerías interiores de buena acústica; en ese último nos sorprendieron unos jipíos emparentados con el flamenco. Las inquietantes Torres del Silencio, cerca de Yazd, en cuya explanada se depositaban los cadáveres, alimento de las aves rapaces. El Templo del Fuego, en la misma ciudad, donde una llama perenne rinde culto a Zoroastro. Las ruinas de Persépolis, la antigua capital persa, flor de un día, pues iniciada por Darío I en el 518 a.C., fue destruida por Alejandro Magno casi dos siglos después. Nos acercamos desde allí a las Tumbas reales en la necrópolis de Naqsh-e Rusram, excavadas en la roca acantilada, por lo que las llaman «la Pequeña Petra». El misterio nos envolvió en la Mezquita Rosa (Nassir-ol-Molk) de Shiraz, color que predomina en la cerámica que reviste muros, arcos, bóvedas y mocárabes. Y cómo olvidar los escaparates de joyerías agrupados en calles discretas en los que refulgía el oro que, por su abundancia, perecía venderse al peso, que enjoyaría en sus alcobas los cuerpos adorables de estas mujeres que en la calle solo muestran su rostro maquillado. Etcétera, aunque queden tantas cosas en el tintero.
Cuando acabe la pesadilla de la guerra habrá que volver a este país seductor para seguir disfrutándolo si es que las bombas no han destruido los esbeltos minaretes de sus mezquitas y las torres de sus palacios, tan exóticos para nuestros ojos occidentales.
*Periodista














